Es evidente que los nuevos hábitos forzados por la crisis sanitaria (mascarillas, distancia social, teletrabajo…) han de tener consecuencias graves e incalculables en términos de salud psicológica, creatividad, eficiencia económica…Pensar que el teletrabajo puede sustituir a las formas clásicas de colaboración in situ es de una ingenuidad pasmosa. Si no hay presencia física, la capacidad para interrelacionarnos creativa y operativamente disminuye dramáticamente. No es fácil dar forma a un proyecto mediante videoconferencias (¿te imaginas montar un grupo de rock mediante sesiones de zoom o team?). Ni es sencillo comprometerse de verdad con los acuerdos y decisiones que solo aparecen o se debaten en la pantalla del ordenador.
En cuanto a la salud psicológica, ya es una montaña el conjunto de estudios que señalan el grave daño que está produciendo la limitación del contacto físico. O nos convertimos en una especie distinta o reemprendemos de nuevo y cuanto antes el camino del abrazo, del apretón de manos, de la caricia.
A mí, en particular, me preocupa también algo que no he visto que se haya comentado. Me refiero a la sonrisa.
Las mascarillas impiden mostrar nuestra sonrisa. Y por ello, quizá, a la larga, están afectando a algo tan esencial en nuestra vida como es el humor, ya bastante afectado por la distancia social (pues no puede haber comicidad ni risa en soledad).
No es posible concebir una sociedad sin humor. Ni siquiera el cristianismo primitivo pudo hacerlo. Los primeros cristianos (sobre todo en el ámbito monástico) consideraban que la risa era solo un modo obsceno de romper la taciturnitas, esto es, el silencio del devoto. Después de todo, en los Evangelios no existe ningún pasaje en el que se vea a Jesucristo riendo o sonriendo. Ninguno (si en el Antiguo Testamento, por ejemplo, toda la historia sobre la concepción de Isaac, cuando Abraham es decididamente senil, se presenta como una broma; incluso el propio nombre de Isaac evoca en hebreo la idea de comicidad).
Pero, durante el medioevo, el buen humor se fue abriendo camino incluso entre la adusta cristiandad. En aquellos monasterios tan serios, comenzaban a aparecer los joca monachorum, es decir, los chistes de monjes. Los teólogos y lógicos medievales discutían cada vez más sobre la bondad o maldad del humor (este era uno de los quodlibet preferidos de los escolásticos, es decir, uno de los temas libres favoritos para debatir entre ellos). Hasta los reyes querían ser graciosos, como es el caso de Carlomagno, del que se decía que contaba bromas feudales–gabs–a sus pares, o San Luis de Francia, conocido como el Rex Facetus, rey bromista.
Y en esto llegó Francisco de Asís, que aconsejaba ir siempre, en cualquier situación, hilari vulto, es decir, con el rostro risueño, una práctica adoptada con gran éxito por los vendedores de aspiradoras y por los políticos de toda variedad.
Es imposible ir hilari vulto con las mascarillas. Es difícil reirse en soledad.
La crisis del humor tendrá consecuencias más graves que simplemente disminuir la venta de aspiradoras y seguros, o despojar a los políticos y a los ejecutivos superficiales de su arma de seducción favorita, esa sonrisa permanente e inexplicable que parecen llevar siempre puesta, de la mañana a la noche.
Habrá que hacer algo para preservar la risa y la sonrisa en medio de esta crisis sanitaria. El verdadero anticuerpo de la tiranía, la barbarie y la brutalidad, no es otro que el humor.

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