Marta celebra que los precios máximos de los alquileres se vayan a regular por ley.
Le digo que yo hubiera preferido que el esfuerzo gubernamental se hubiese centrado en la creación de vivienda pública, y no tanto en cargar con el peso económico de esta medida social a los propietarios, que en su mayoría (75%) no son precisamente fondos buitre o grandes corporaciones sin alma, sino gentes de clases medias cuyo medio de vida está vinculado a los ingresos por el alquiler.
–Pues yo lo veo muy bien, la verdad.
–El problema es el efecto Diocleciano.
–¿Y eso que es?
–Verás. En tiempos del emperador Diocleciano, las arcas públicas de Roma estaban cada vez mas vacías. Así que se este emperador hizo alterar las monedas de curso legal hasta reducir hasta en un 90% su contenido previo en metal precioso, sin modificar su valor facial. La consecuencia es que los comerciantes de dejaron progresivamente de aceptar esa moneda alterada en pago de su mercancía y se produjo la consiguiente inflación. Se produjeron revueltas y manifestaciones de las clases populares. Y ya podemos imaginarlo: las masas achacaban el problema a la avaricia irreprimible de los comerciantes, que desangraban al pueblo…
–¿Y bien?
–Pues Diocleciano enfureció ante esa inflación que ni siquiera con todo su poder él era capaz de controlar. Además, siendo como era un emperador decididamente “populista” que se autodeclaraba “protector del pueblo”, este emperador no podía tolerar esa locura monetaria que estaba llevando a la ruina y la miseria a muchos ciudadanos romanos.
–¿Y qué es lo que hizo para arreglarlo?
–Pues, prohibir, que es lo que esencialmente suelen hacer los que mandan cuando se encuentran con un problema y no se les ocurre la manera de llegar al fondo de la cuestión. Diocleciano creó una larga lista de mercancías y estableció que esos productos no se podrían vender por encima de ciertos precios. Cualquier comerciante que violase esa prohibición sería ejecutado. Y también habría pena de muerte para el comerciante que, a la vista del edicto imperial retirase de la circulación sus mercancías. Estaba todo fijado. Productos y servicios. Desde las alubias (que no podían ser vendidas por más de 100 denarios la libra, hasta el servicio del amanuense, que no podía superar los 20 denarios por 100 líneas (si bien un amanuense de calidad superior podía cobrar hasta 25).
–¿Y en qué quedó todo?
–Pues en lo que podríamos esperar. Ocurrió lo contrario de lo que el Emperador pretendía. Tan pronto el Edicto se promulgó, la calidad de vida se derrumbó, debido a la súbita escasez de mercancías. Largas colas para comprar. Una oferta ridícula. El desastre social fue tan grande que el todopoderoso Diocleciano no tardó en acaptar su impotencia frente a las fuerzas del mercado y optó por anular su propia ley. Hecho esto, en pocos años, exactametne en 307 d.c. la dinámica monetaria del Imperio ya había revertido hacia la normalidad.
Sí. Este es el llamado Efecto Diocleciano. En realidad, no es ni mucho menos el único caso de catástrofe ocasionada por el intento incompetente de dar forma de ley a la demagogia. Es una historia interminable. El Código de Hammurabi era en buena parte una lista de precios máximos legales. Carlomagno promulgó en 806 d.c detalladas tablas de precios máximos que ningún comerciante honesto debería osar superar. Lo mismo hizo Eduardo III de Inglaterra en 1364. Y lo mismo hacían los monarcas españoles del XVI y XVII que intentaban desesperadamente fijar una y otra vez precios máximos para el grano y la harina. O los soviets. O el Wholesale Price Index de los años 70 en Estados Unidos. O los recientes intentos en España de fijar precios mínimos para los próductos agrícolas. El mercado es una fiera implacable que no se deja domesticar fácilmente, y cuando un gobernante, impulsado por la demagogia, intenta hacerlo, el resultado final suele ser el opuesto al que se presumía.
–Todo esto tal vez nos recuerda aquello de que el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones…
–En economía y en política…desde luego.

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