Se me queja Cristina de que este virus nos está haciendo olvidar la magia de la caricia, el regalo del abrazo.
Pero ese proceso de olvido táctil ya había comenzado mucho antes de la pandemia. Extrañamente, los grandes acontecimientos de la historia humana, como sin duda lo es esta crisis planetaria, no cambian la trayectoria de nuestra especie, sino que simplemente la aceleran.
Empezamos a tocarnos menos desde muchos años antes de que llegase el Sars-Cov-2. Hemos ido demonizando sistemáticamente los contactos piel con piel. Y lo hemos ido haciendo con mil y una excusas, desde las jurídicas a las médicas e higiénicas.
Je souffrais déjà de la peste bien avant de connaître cette ville et cette épidémie“, nos dice el Tarrou de Camus. Siempre es así. Las pestes preceden a los virus.
El coronavirus ha acelerado un proceso que ya estaba en marcha. Y lo ha hecho de la manera más eficiente posible. Porque eludir el contagio es eludir el contacto. Ambas palabras, contagio y contacto, significan esencialmente lo mismo, y tienen origen común en el verbo latino tangere, tocar.
Gracias al virus hemos llegado a una especie de climax de la abstinencia táctil. El virus nos hace ver en “el otro” el enemigo por definición. Y lo hace agazapándose en esa fatal invisibilidad de las dichosas gotitas de aerosol, que nos acosan con suprema insidia (in-sidere; agazaparse, esconderse para atacar).
Dejará muchas cicatrices esta insidiosa dieta de abrazos. Los primates somos seres nacidos para tocar y ser tocados, como intuyó Freud y como demostraron aquellos experimentos de Harlow, cuyos monos rhesus, al sentir miedo, preferían siempre la madre de peluche a la madre metálica, pese a que esta última era la única que les proporcionaba el alimento.
Nos alimentamos de caricias. Y su sistemática proscripción, que parece culminar con esta crisis planetaria del contacto, nos conduce a un exilio insufrible en nosotros mismos. Un exilio en el que, como todos los exiliados, viviremos de recuerdos.
Recuerdos de abrazos y caricias que nos esclavizarán a un pasado perdido. Porque, de la memoria de la piel, nadie puede liberarse jamás: “Touch has a memory. O say, love, say, / What can I do to kill it and be free?…

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