Al hilo de lo que escribí aquí anteayer sobre el engaño y la trampa (ou peut-être hier, je ne sais pas), Mercedes me dice que ante tanta insidia generadora de melancolía solo nos resta refugiarnos en la Naturaleza, donde las cosas, piensa ella, no parecen estar contaminadas con este laberinto de mentiras que los hombres hemos creado.
Me dice esto mientras caminamos con Mao bajo la lluvia, muy temprano, en una hermosa mañana otoñal. Nos hemos detenido a contemplar las hojas del arce que está apenas a unos pasos de casa.
–Pues no estoy muy de acuerdo en lo que dices–replico, sin dejar de mirar hacia arriba–fíjate en esos colores; son la prueba de que también la Naturaleza es un mundo de mentiras.
–¿Mentiras? ¿Es que estas hojas son acaso un engaño?
–Exactamente eso.
–Explícate–me requiere Mercedes, mientras reanudamos los tres el paseo, contrariando un poco a Mao, que se disponía a impregnar un arbusto.
–Pues ocurre que la razón por la que esas hojas adquieren estos tonos rojizos no es sino un intento del árbol para disuadir a los parásitos. Solo eso explica el enorme gasto de energía que representa el cambio de coloración. Creo recordar un estudio de los botánicos del Imperial College en el que se explicaba bien cómo el color rojizo que adquieren las hojas es una argucia del árbol para disuadir a los pulgones y otros insectos; les parece que esta coloración indica toxicidad.
–Pues es una argucia admirable, la verdad. De todos modos, esta belleza no es falsa. No puede ser falsa.Todo lo bello tiene que ser cierto, de alguna manera.
–En eso estoy de acuerdo. Es exactamente la idea que en un quiasmo inmortal expresó Keats: “Beauty is truth; truth is beauty, that is all ye know on earth and all ye need to know“.
–Todo lo que hay que conocer en la Tierra…
–Sí. Y además Keats te daba la razón en el sentido de que la Naturaleza es el mejor remedio para esa melancolía que nos produce la gran farsa que a menudo parece la vida humana. Keats recomendaba, recuerda, que “cuando el acceso de atroz melancolía se cierna repentino” siempre podrás enjugar la tristeza en una rosa temprana, o en una ola marina, o en la hermosura rotunda de las peonias o…
–O en las hojas engañosas de un árbol en Otoño.
–True.

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