Bang…bang…bang…resuenan disparos a nuestro lado mientras caminamos por las orillas del Spree.
Afortunadamente no son balas, sino bellotas. Bellotas casi secas que caen a plomo desde estos altos robles que forman buena parte del arbolado de Berlín (el 10% aproximadamente del medio millón de árboles de Berlín, solo superados en abundancia por los arces y los tilos y mucho más numerosos que los castaños, los platanos, los abedules y las acacias).
A Mercedes siempre le ha extrañado que haya tantos robles en la capital alemana. Ella sabe que el roble no suele ser amigo de los espacios urbanos: necesita toda la luz que los edificios obstaculizan. Pero, por alguna razón, en Berlín, estos quercus palustris saben abrirse camino hacia el cielo y son primorosamente cuidados como lo que son, un símbolo del sentimiento nacional de los alemanes, que se expresa en más sitios y formas de las que se suele suponer, si se sabe mirar…
Los robles han estado asociados al espíritu germánico desde mucho antes del Imperio Romano. Plinio, en su «Historia Natural«, escribió que Alemania apenas era algo más que un gigantesco robledal desde los Alpes a la costa Báltica. Y según Tacito, en «Agricola» (una de las primeras obras de la literatura universal en la que se hace referencia in extenso al mundo germánico que, mira por dónde, da título a una calle de Berlín por la que acabamos de pasar) Germania era un mundo hecho de «bosques espeluznantes o pantanos pestilentes» ( «aut silvis horrida aut paludibus foeda«).
En las tradiciones y creencias de los europeos prerromanos, la relación con los robustos robles ya había tenido siempre un carácter profundamente religioso. No es casualidad que la palabra druida esté relacionada con la raiz protoindoeuropea drewo o drei, que tiene el significado de árbol. De esa misma raíz se deriva el inglés tree y también truth, al igual que el alemán treu (fiel) porque las ideas de fidelidad, sinceridad y veracidad se han vinculado siempre en la mente humana a la solidez y firmeza de un gran árbol como el roble.
La gran masacre de las legiones de Varo a manos de las huestes germánicas de Arminio, en aquel robledal de Teotoburgo, cuando nuestra Era Común solo contaba 9 años, sirvió para siempre al efecto de consolidar la asociación entre el sentimiento nacional alemán y el roble. Tacito estaba convencido de que Arminio eligió precisamente el bosque de robles por razones religiosas, poniéndose bajo la advocación del dios Taran (trueno) que los germanos asociaban al roble, por ser este alto y grueso árbol el preferido para recibir los rayos lanzados por la divinidad. Y cuando, más tarde, otras legiones acudieron a aquel bosque de tan triste recuerdo para Roma, encontraron los cráneos de miles de soldados romanos colgando de las ramas…de los robles.
La devoción germánica hacia el roble se fue entrecruzando al lo largo de los siglos con la tradicional vinculación de este árbol con las virtudes cívicas y militares (algo también común, aunque en menor medida, en las antiguas culturas grecorromanas y en general en todo el mundo occidental). El roble y sus hojas aparecen por todas partes en la numismática, la heráldica y las condecoraciones del mundo germánico, poniendo de manifiesto esa fascinante relación etimológica entre la lealtad, la veracidad, la firmeza y el roble, y al mismo tiempo dando fe de que los nacionalistas alemanes siempre se han visto como herederos de Hermann/Arminio, aquel caudillo del robledal de Teutoburgo que hizo llorar a Augusto por las legiones perdidas: Varo, varo, redde mihi legiones meas!
Las hojas de roble protagonizaron las ceremonias de apertura de los Juegos de 1936, en el Berlín nacionalsocialista. Y pocos años más tarde, durante la guerra, Hitler instituyó la Cruz de Caballero con Hojas de Roble como la suprema condecoración para los héroes militares. Solo el Fuhrer podía conceder personalmente este honor tras minuciosa valoración y examen personalísimo por parte de él personalmente (el general español Muñoz Grandes fue uno de los condecorados por Hitler con las hojas de roble, y tuvo el desparpajo de lucirlas en Washington, con ocasión de su visita a Eisenhower, en 1954, cosa que al parecer no le disgustó en absoluto a Ike, contra lo que se pudiera pensar).
En realidad, los nazis veían en el roble el símbolo supremo de lo que ellos llamaban la civilización del bosque, de la que sentían que Alemania era la mejor expresión, pues solo los arios eran una raza capaz de cuidar y proteger el bosque. Frente a esta civilización superior, estaban los pueblos inferiores, como los eslavos, gente de la estepa. O peor aún, los judíos, gente del desierto. La historia de los pueblos corrompidos por la cultura judeocristiana mostraba, según los ideólogos nazis, multitud de ejemplos de árboles sagrados profanados, mediante actos tan repulsivos según ellos como el que protagonizó, cortando alevosamente un roble sagrado milenario, el inoculador del virus del cristianismo en la Germania pagana, San Bonifacio.
Desde la conquista del poder, en 1933, las huestes de Hitler se habían articulado ideológicamente en torno a la idea del «bosque germánico«, una noción elaborada e impulsada sobre todo por Göring y Rosenberg. Este último comisionó la creación de un film titulado Ewiger Wald (Eterno Bosque) en el que se exaltaban las virtudes del bosque alemán, su vinculación con el alma germánica y su capacidad para formar y educar a la raza aria, en el contexto de ese benéfico darwinismo social cuyo paradigma era la dinámica natural del bosque como ecosistema. Esta infumable obra cinematográfica que asocia el bosque eterno al pueblo eterno (el alemán, claro) se puede visionar hoy fácilmente en Youtube, si se tienen ganas. El espectador curioso tendrá que soportar una interminable obertura coral con incontables imágenes de ramitas y hojitas agitadas por la brisa, para después enfrentarse a un enfoque puramente propagandístico que arremete contra el descuido de la pureza y salud de los bosques por parte de la odiada República de Weimar, para finalmente llegar a la conclusión de que es preciso extirpar todo lo que es impuro e insano y concluir con el himno y el lema de los nuevos tiempos: «el Pueblo y el Bosque persisten eternamente«.
En la misma línea de la cinta Ewiger Wald de Rosenberg, Himmler puso en marcha en 1937 un programa escolar con el título de «El Bosque y el Arbol en la historia cultural e intelectual de los pueblos arios y germánicos» («Wald und Baum in der arisch-germanischen Geistes–und Kulturgeschichte»).
En cuanto a Göring, desde su posición y títulos oficiales de Reichsforstmeister y Reichsjägermeister (Jefe de los Guardabosques y Jefe de la Caza, precisamente) se encargó de contraponer la actitud aria frente al bosque con la actitud judía. «Un aleman«, decía Göring, «camina por el bosque y siente la presencia de Dios; un judío camina por el bosque y solo piensa en el precio del metro cúbico de la madera…«
No es casualidad que la Operación Barbarroja, es decir, el traicionero envío de 145 Divisiones de la Wehrmacht al Oeste para conquistar ese territorio eslavo que por destino debía pertenecer al pueblo ario, coincidiese en el tiempo (verano de 1941) con la puesta en marcha de un programa gubernamental que enfatizaba la necesidad de reforestar el gran Oeste Europeo (Wiederwaldung des Ostens).
En este contexto no es difícil creer que el exterminio de los judíos se fundamentase «filosóficamente» y no en pocos casos, en la estrambótica idea según la cual los hijos de Israel eran culpables de una insalvable incapacidad genética para cuidar los bosques y respetar los árboles.
Y en fin, llegó la derrota del 45, pero Alemania siguió viendo en el roble el mejor símbolo, en este caso del esfuerzo de reconstrucción nacional. Hay cosas que nunca concluyen del todo. Los deutsche marks de la postguerra mostraban hojas de este árbol, al igual que los nuevos euros acuñados después por el gobierno federal integrado en la Unión. En cierto modo, tenía razón el majadero de Rosenberg al hablar de la eternidad del culto al bosque en Alemania…
Bang, bang, bang…siguen y siguen sonando las bellotas cayendo a plomo sobre la acera de Wardenberg Strasse, mientras le aburro con mis pensamientos a Mercedes.
Ay, estos robles del Spree, cuyos frutos estallan insolentes, me provocan pensamientos contradictorios sobre la verdad y sobre los árboles…
Como tantas cosas de Alemania. Como tantas cosas de la vida.
Pero es que el drei protoindoeuropeo no solo da truth y trees sino que también da nuestra tregua. Así que le propongo a Mercedes hacer una pausa en la perorata e irnos a comer un Wurst en Curry 36, junto al metro del Zoo; el mejor wurst de Berlín, la verdad sea dicha.

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