Al parecer, existe un pasadizo que une el Cielo y el Infierno.
Resulta ser un pasadizo muy frecuentado. No dejan de pasar almas por él. En uno y otro sentido.
Los que entienden de estas cosas explican la razón de ser este intenso tráfico de almas.
Resulta que los bienaventurados terminan por aburrirse de tanta dicha y tanta contemplación en éxtasis del Creador. Y acaban por ansiar otros cielos y otros paraísos.
Por otro lado, los condenados acaban por acostumbrarse a los ardores del Infierno. Y hasta lo encuentran placentero, a tal punto llega el sentido acomodaticio del ser humano.
Para evitar estos desajustes, Dios creó el Pasadizo. En su suprema sabiduría, comprendió que un simple cambio de aires (o de humos) podría devolver a cada uno el verdadero sentido de su destino eterno.
Así que, en este mismo instante, resulta que hay almas perversas en los espacios celestiales.
Y también hay seres benditos alojados en las calderas del Maligno.
Resulta raro, pero es así.
Lo que nos obliga a pensar que ni siquiera en el más allá están todos donde debieran.

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