Me preguntan si no siento personalmente miedo ante esta pandemia que no cesa. Respondo que no creo que este virus ponga en riesgo de forma significativa mi existencia. Y tengo razones estadísticas para pensar así.
Si atendemos a los datos, los fallecimientos anuales en España de personas en mi grupo de edad, rondan el número de 20.000. Eso indica que para mí, teniendo en cuenta la cantidad de habitantes de mi grupo que viven actualmente en el país, existe un riesgo teórico de fallecimiento anual del 2%. Aproximadamente.
Por otro lado, según las últimas estadísticas de decesos por causas del virus en mi grupo etario, la pandemia está incrementando el riesgo de muerte en un 8%.
Entonces, podemos concluir que, debido a la actual situación, mi riesgo anual de muerte pasa del 2% al 2,16%.
A la luz de este leve incremento no parece que existan razones objetivas para la angustia profunda respecto a mi propia vida. Esto viene a ser parecido a cuándo te dicen que hacer algo o comer algo incrementa en un 50% tu riesgo de fatalidad por cierta causa. Eso puede o no ser muy serio dependiendo de la dimensión del riesgo previo de fatalidad de la mencionada causa.
En cambio, lo que si me infunde cierto temor personal son las posibles secuelas que pueda producir el contagio (mucho más plausible que un deceso), especialmente los daños pulmonares que se producen y esa secuela que parece ser el inequívoco signo de la enfermedad viral, esto es, la anosmia.
Yo he sido anósmico durante varios años, debido posiblemente a una polipoctomía mal realizada. Luego, afortunadamente, recuperé la sensibilidad olfativa. Pero esos cuatro o cinco años sin olores me hicieron comprender hasta qué punto no valoramos adecuadamente el olfato (y el sabor, que requiere del olfato). La vida sin ese sentido es mucho menos vida. Cuando volví a tener sensibilidad olfativa, fue como volver a nacer, y cualquier olor me hacía feliz, haciendo buena aquella observación de Bachelard en el sentido de que “cuando es la memoria la que respira, todos los olores son buenos.”
Pero si le preguntamos a alguien cuál es el sentido al que preferirían renunciar, lo normal es que mencionen el olfato, y nunca la vista o el oído. Esta elección puede ser discutible. El olor es esencial en muchos procesos psíquicos. Influye poderosamente en la motivación, en el aprendizaje, en los recuerdos, en los sentimientos de felicidad o desdicha, y nos alerta de peligros que no se manifiestan ni con imágenes ni con sonidos. De hecho, cuando varios sentidos compiten para ayudarnos a tomar una decisión, el olfato suele ser el que prima: no nos comeremos un pedazo de carne que no huela bien, por mas que su aspecto sugiera que es delicioso. La vinculación entre peste y pestilente es obvia, y también nos indica hasta qué punto el olfato nos previene de lo que es invisible pero deletéreo.
Acaso la misma palabra peste, de etimología oscura, es un derivado remoto de la raíz proto indoeuropea “pu“, que significa “corrompido” y que, guardando relación con la mueca que hacemos ante un mal olor, está detrás de términos como pus, pustula o putrefacto. Ya es un sarcasmo del destino que esta gran peste planetaria ocasione justamente una incapacidad para percibir lo pestilento…
En muchos aspectos, el olfato es un sentido muy superior a los otros. Cuando Buffon se refería al olfato, en el siglo XVIII, ya indicaba que la nariz no solo nos permite saber dónde están los objetos, sino también dónde han estado; no solo lo que está muy cerca, sino también lo que está lejos; no solo lo que se puede tocar, sino también lo intangible.
De modo que, sí, yo tengo un razonable temor a un contagio que me pueda arrebatar el aire de mis pulmones para montar en bicicleta o la sensibilidad de mi pituitaria para percibir un olor como el que ahora mismo estoy sintiendo, y que no es otro sino el que emite el café recién hecho que del vaso que tengo a mi lado. Eso es tan solo lo que a nivel personal me puede preocupar de esta pandemia.
Por lo demás, no tengo mucho miedo. Ni creo que deba tenerlo una persona razonablemente sana. Otra cosa es que resulte sensato y solidario adoptar precauciones básicas, pues la tragedia colectiva está en marcha y sin vacuna conocida nadie sabe hasta dónde puede llegar el desastre sanitario y económico. Pero ese desastre sería tal vez menor si neutralizásemos un tanto el pánico irracional que están estimulado los medios y las redes sociales.
Poco antes de ponerme a escribir estas líneas, he sabido que las consultas psiquiátricas han crecido en España más de un 40% en los últimos meses y que en Estados Unidos la tasa de suicidios se ha duplicado en este tiempo de pandemia (siendo el suicidio la segunda causa de defunción entre adultos de 20 a 30 años).
El virus da miedo. Pero me huelo que el miedo está siendo también un virus. Un virus contagioso y fatal. Y frente a este otro virus, el mundo parece anósmico.

Un comentario en “Anosmia

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