En estos atardeceres del primer otoño, se nos encienden de rojos y naranjas los cielos del Guadarrama. Un grado adecuado de presión atmosférica y apenas unas pocas nubes es lo que hace posible el espectáculo. También es preciso que exista mucho polvo en suspensión, lo que es otra prueba de que las cosas valiosas no suelen nacer de lo que es higiénica y clínicamente puro. Me evoca lo que cantaba Fabrizio d’André: dai diamanti non nasce niente, dal letame nascono i fior.
A estos arabescos vespertinos de la luz solar les debemos llamar, en propiedad, arreboles, usando un vocablo castellano que algunos filólogos relacionan con el latín rubeos (rubio o rojizo), pero que a mí me parece más plausible que se derive del andalusí harabul, que significa precisamente orla, reborde, anillo, decoración.
A Cristina le parece muy hermosa la palabra arrebol. Y debe tener razón, pues tengo entendido que esa palabra ha sido elegida en cierta votación como la más hermosa del castellano. Es además palabra muy usada por los poetas del siglo de oro. Lope, Góngora, Quevedo y Calderón usan una y otra vez el término. A este último debemos por ejemplo el aquello de “¿Quién es esa diosa humana / a cuyos divinos pies / postra el cielo su arrebol?
Ahora bien ¿qué puede hacer hermosa una palabra? ¿Qué hace hermosa, específicamente, a “arrebol“?
Cristina, que vio ayer tarde conmigo emerger los arreboles sobre Peguerinos, desde Las Rozas, me dice que cuando pronunciamos despacio y enfáticamente arrebol, es como si ese estallido de luces se materializase ante nosotros.
Puede ser. Si eso es cierto, estaríamos ante algo turbador: una palabra que en cierto modo se describe a sí misma.
–¿Turbador? ¿Por qué eso ha de ser turbador?
–Pues…porque las palabras no han nacido para describirse a sí mismas sino para significar cosas diferentes. Si una palabra se describe a sí misma eso produce desastrosas consecuencias. No deberíamos permitirlo.
–¿Estás de broma?
–En absoluto. Y si tienes un par de minutos te explico por qué digo esto.
–Un par de minutos, pero no más, que te conozco.
–Podemos empezar pensando en algunas otras palabras que también se describen a sí mismas.
–¿Como cuáles?
–”Corta” es una palabra corta, por ejemplo. “Esdrújula” es una palabra esdrújula. “Grave” es una palabra grave. También “adjetivo” es un adjetivo, como nos indica la RAE.
–Muy bien. ¿Y a dónde nos lleva esto?
–Pues a que podríamos proseguir denominando a estas palabras que se describen a sí mismas como “autológicas” ¿te parece bien?
–De acuerdo, “autológicas“, así será si así te parece.
–Y al resto de palabras, es decir, a la mayoría de las palabras que no se describen a sí mismas, como pan o manzana o tormenta, las podemos denominar “heterológicas”. ¿Estás de acuerdo?
–Si no hay más remedio…
–Estupendo. Pues ahora consideremos precisamente esa palabra que acabamos de acuñar: “heterológico“. Podemos preguntarnos si “heterológico” es o no un término heterológico. Pero, ay, si lo hacemos, esa pregunta nos produce graves problemas.
–¿En qué sentido?
–Pues que si decimos que “heterológico” es heterológico, estaremos diciendo que no se describe a sí mismo, pero al mismo tiempo estaremos diciendo que sí se describe a sí mismo. Cuestionarnos de la misma manera “autológico” nos llevaría a similares contradicciones.
–Mmm, creo que intuyo lo que dices. Pero lo que no entiendo es por qué esto es tan dramático como me decías.
–Es dramático desde el punto de vista de la lógica. Puede que te sorprenda, pero este tipo de paradojas, ha sido visto por los matemáticos como una especie de debilidad fatal en los cimientos del edificio de la Lógica formal. Esto lo explicó muy bien Kurt Grelling, un gran filósofo y matemático alemán que es quien ha dado nombre a este antinomia. Una antinomia relacionada por otra parte con la llamada Paradoja del Barbero, que debemos a Russell o incluso con la famosa y antiquísima Paradoja del Cretense (“soy cretense y todos los cretenses mentimos en todo lo que decimos”). Pero la versión de Kurt Grelling es la que me parece a mí particularmente sorprendente. Y turbadora, ciertamente.
–Kurt Grelling…debía ser un tipo curioso, planteándose esas sutilezas…
–Era un gran pensador. Fue el más brillante defensor de las teorías de otro Kurt, su amigo Gödel, quien derribó sin paliativos el edificio axiomático de la aritmética con su teorema de la incompletitud. Los nazis persiguieron a Grelling sin descanso,
–¿Por esa paradoja?
–Claro que no. Le persiguieron por su origen judío. Y los americanos, pudiendo hacerlo, se negaron a rescatarlo, dada su orientación filocomunista. Murió en Auschwitz.
–Pues vaya. Hemos empezado hablando de arreboles y de belleza y hemos terminado hablando de no se qué fallos de la lógica humana, de campos de concentración y de barbarie. Qué depresión.
–Sí. Ya lo siento. Pero podríamos plantear todo esto desde un punto de vista positivo, si me permites…
–Es que ya han pasado los dos minutos. Mejor otro día. Mejor salimos a la dehesa a ver si vemos más arreboles.
–Eso tiene lógica, la verdad.

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