Con la venia.

Al hilo de lo que acabo de escribir sobre Venus, me pregunta un sufrido y atento lector sobre si la palabra forense venia también está relacionada con el brillante planeta del amor.
Pues, en sentido etimológico, desde luego, aunque parezca raro.
La venia que solicitan los letrados tiene el mismo ancestro remoto que Venus, esto es, esa prolífica raíz protoindoeuropea wen, que tiene el sentido de esforzarse, desear.
Cuando se pide la venia se está demandando benevolencia, es decir, permiso. Vamos, que, en sentido estricto, se está pidiendo amor…
Así pues, todo está relacionado a través de esta maravillosa raíz wen: la venia, lo venial, Venus, lo venéreo, la veneración
Y hasta veneno, pues originariamente, los venenos eran los misteriosos filtros o hechizos amorosos que se preparaban para doblegar las voluntades que se resistían a Cupido. Fue más tarde cuando la palabra veneno adquirió en exclusiva la connotación negativa, con lo que se pasó de lo mágico y etéreo a lo deletéreo y fatal.
A veces ocurre.

La cuerda de luz.

En el paseo de hoy con Marta y Mao al amanecer, cuando el sol todavía no se ha alzado sobre el collado, nos quedamos un instante parados y en silencio mirando a Venus. Nos pasa casi siempre. Mao se impacienta.
Marta, que acaba de ver una serie sobre un viaje de terrícolas a Marte, me pregunta cómo es que no se especule con un viaje espacial a Venus, que es mucho más parecido a la Tierra que ningún otro, y más próximo que ninguno. ¿Por que no se habla de venusinos y sí de marcianos? ¿Por qué parece que no puede concebirse un viaje a Venus, con la excepción de la famosa canción de Boney M? Ah, explícame esto por favor, tú que los sabes todo…
Pues simplemente, le respondo a Marta, porque la temperatura de Venus es superior a 400 grados centígrados y la presión atmosférica es 90 veces la de la superficie de la Tierra. No es un buen lugar para pasar el fin de semana.
–Curioso. Es paradójico entonces que un planeta tan hostil haya sido convertido por la mitología en el planeta del amor, la belleza, la femineidad…
–Cierto. Tiene poco en común lo que conocemos ya sobre Venus con las connotaciones que le daban los antiguos a ese planeta, el único al que se consideraba femenino, junto con la Luna (que también tomaban por planeta).
–¿Nada en común?
–Déjame reflexionar…En fin, tal vez podríamos pensar en que Venus tiene fases, como la Luna y eso es algo que el pensamiento mitológico siempre ha asociado con lo femenino…ya sabes, varium et mutabile semper feminala donna è mobile qual piuma al ventovuole e disvuole…Se supone a la mujer una volubilidad inherente…Aunque, la verdad, las fases de Venus no creo que nadie las pudiese concebir hasta Galileo y su telescopio.
–La mitología es a veces pura estupidez. Y esas frasecitas que has mencionado, también.
–Seguramente. Por más que vengan de Virgilio, Verdi o Tasso, lo reconozco. Pero la mitología y la literatura, a veces, es pura sabiduría, con destellos de una intuición que casi parece milagrosa; de hecho, el caso de Venus es un buen ejemplo, ahora que lo pienso.
–¿A qué te refieres?
–Al espejo.
–¿Al espejo?
–Sí. En la antigüedad grecolatina adoraban de una forma muy especial a la diosa Venus (o Afrodita). De hecho la veneración por antonomasia era la veneración a Venus, como el propio nombre indica. Solo después se extendió el verbo venerar a todo acto de reverencia; venerar viene de Venus, y Venus viene de un verbo griego «aineo» (αἰνέω) que significa alabar, mostrar las virtudes. Verbo que a su vez nos remonta al protoindoeuropeo wan, con el sentido de desear. No es casual que el hijo de Venús/Afrodita y Anquises recibiese el nombre de Eneas (Αἰνείᾱς) . De aquí la conexión entre Venus y venial, en el sentido de corrupto; venial es el que ensalza sus propios atributos, poniéndose «en venta».
–No te enrolles con las etimologías, por favor. Me abrumas. Me estabas hablando del espejo. Céntrate. ¿Qué tiene que ver el dichoso espejo con Venus?
–Mucho. Tiene que ver mucho. Por razones relativamente obvias (la belleza, la femineidad…) los antiguos asociaban a la diosa Venus con un espejo. De hecho, el símbolo que utilizaban los astrólogos para referirse a Venus era una representación esquemática de un espejito de cobre, ya sabes, ese círculo con la crucecita; y es el grafismo que también usaban los alquimistas para referirse al cobre, porque los espejos en la Antigüedad grecolatina solían ser de cobre pulido…
–Sí, ese el símbolo del movimiento feminista. No pensé que pudiese representar un espejo, la verdad.
–El espejo de Venus, ciertamente. Y es algo que ha dejado enorme huella en el arte. Venus y el espejo es un lugar común de la pintura, la literatura…
–Muy bien. Pero una vez más nos desviamos. Me estabas empezando a explicar que sí hay cierta conexión entre el mito de Venus y su realidad astronómica a través de la idea del espejo.
–Así es. Seguramente es pura casualidad, pero lo cierto que la ciencia moderna nos ha demostrado que Venus, ciertamente, es un espejo. Es un planeta rodeado completamente de nubes que actúan parcialmente reflejando la luz solar hacia nosotros, lo que lo convierte en un colosal espejo estelar y explica su brillo impresionante. He dicho parcialmente porque una buena parte de la luz solar atraviesa la capa de nubes venusinas y no sale después, por su cambio de longitud de onda al llegar a la superficie, en un ejemplo planetario del famoso efecto invernadero, lo que explica las elevadísimas temperaturas de Venus. Por cierto, tanto la noción de la envoltura nebulosa de Venus como el efecto invernadero es algo que debemos, mira por dónde, a una misma persona: al premio Nobel Arrhenius…
–Pues sí que es curioso. Y bien por ese tal Arrhenius. Así que el espejo es cosa de Venus… Pero no me irás a decir que tú crees en los mitos, en la astrología y en todo eso…
–Lo que se dice creer, no. Pero es innegable que los grandes mitos (y la astrología forma parte de ellos), son una fuente valiosísima de inspiración y reflexión. Y no deja de llamar mucho la atención su frecuente carácter universal.
–¿Universal? ¿A qué te refieres?
–Pues por ejemplo, y precisamente, a que Venus está vinculado al amor en muchas culturas, no solo en la grecolatina.
–¿Ah sí?
–Podría hablarte, por ejemplo, del mito de los aborígenes del norte de australia, los Yolngu. Ellos piensan que el planeta Venus arrastra una cuerda de luz conectada con la Tierra, y que esa cuerda sirve de hilo de comunicación a los hombres para que hablen con los seres amados desaparecidos, asegurándoles que no son olvidados y que siguen siendo queridos…
–Eso es bonito. O sea que miramos a Venus y es como si estuviésemos hablando con esos seres amados, a través de la luz que emite el planeta…
Y tras decir, esto, Marta y yo nos quedamos en completo silencio. Tal vez comunicándonos calladamente con alguien.
Ya casi ha amanecido. Pero aún Venus parece brillar en plenitud ahí arriba.
Nos volvemos hacia casa sin decir una sola palabra, con la sensación de que algo como una cuerda de luz ha quedado ahí, tras nosotros.

¡Pobre, cuánto ha amado!

«Me parece un pobre hombre«, dice despectivamente un político de otro que ahora sienta sus reales en elevada poltrona, sugiriendo con ello que, pese a dicha poltrona, el aludido no viene a ser sino un triste infeliz.
Es terrible que el lenguaje abone la teoría de que la pobreza es, por definición, inherente a la ausencia de felicidad. Así no vamos a ninguna parte.
Infortunado parece ser necesariamente el que no tiene una cierta fortuna…¿Por qué ha de ser así?
La duplicidad semántica de la idea de pobreza, en la que se combina el sentido de escasez en algo y el de la estrechez económica, se da, ay, en muchísimos idiomas. No solo es en el español o el inglés. Encontramos la dichosa dualidad en el sánscrito, por ejemplo, donde «durga» es una calamidad, y «durgata» es el pobre o necesitado. O en ruso, en el que lo mismo se usa la palabra biedni para referirse a un hombre pobre de solemnidad (biedni chelobiek) que para compadecerse de los males de amor que alguien sufre o ha sufrido («biednaia!…kak ana mnogo liobila!», leemos en Nekrasov: «¡pobre, cuánto ha amado!«). También en alemán, por supuesto: «Arm wie eine Kirchenmaus«, pobre como un ratón de iglesia, dicen los teutones, y también «du armes Würstchen!«, «¡Qué pobre cosa eres tú!«.
Podríamos seguir indefinidamente con ejemplos de la duplicidad semántica de «pobre» en decenas de lenguas. Y no solo las indoeuropeas. También la hallamos en el húngaro («szegény«) o en el turco («kötü), por citar solo dos ejemplos más (no ocurre así, aclaremos, en árabe, donde fakir/pobre tiene incluso la acepción positiva que conocemos, o en griego antiguo, donde ptoxoi/pobre solo hace referencia a la posición «agazapada» del mendigo o vagabundo)
El Sermón de la Montaña, la lírica Carta Magna del pensamiento original cristiano, delata la triste dualidad de la idea de pobreza justamente al pretender subvertirla. Lo hace proclamando la consabida y paradójica bienaventuranza: «¡ricos los pobres, porque de ellos es el reino de los cielos!«. Uso aquí la palabra ricos en lugar de bienaventurados porque estoy convencido de que ese el sentido original del término. Ese «makarioi» del texto evangélico debería, creo, traducirse por «rico«, pues ese el sentido que tiene el adjetivo griego (derivado de makro, largo, abundante) en los textos de Platón o Aristóteles. De hecho, nosotros seguimos llamando «μακάρων νησοι»–Macaronesia–al conjunto de las Canarias, Azores y Madeira, esto es, a las Islas Afortunadas o Felices de los griegos. No las llamamos Islas Benditas sino Afortunadas. Y los italianos dicen magari, derivado obvio del griego, cuando quieren expresar algo así como «ójala«…o «felizmente«…
En fin…¿cómo ser pobre y feliz? Para el lenguaje, eso es al parecer un imposible.
Para la vida, como mínimo es algo difícil, reconozcámoslo.
Pero quizá, si dejásemos de compadecernos del prójimo (u ofenderlo) con la palabra «pobre«, haríamos algo por revertir la situación.
Un amiga mía se enfadaba cuando yo me compadecía de algún malestar o inconveniente que le pudiera sobrevenir (una fuerte jaqueca, la avería del coche en la autopista…) usando la palabra «pobre«. Tenía mucha razón en enfadarse conmigo por eso. Y en más cosas. Pobre de mí, por no entenderla.

Orfeo en las marismas.

Desde San Pedro del Pinatar sale una estrecha lengua de tierra que avanza impotente entre marismas hacia un mar abierto, en el que no consigue perderse. Camino casi hasta el final, en una noche muy despejada, tras una feroz tormenta, para obtener el regalo de un cielo limpísimo, con mínima contaminación lumínica. Buscaba esto.
Es casi como si estuviese en alta mar; tengo sobre mí una bóveda celestial enorme, completa, porque desde aquí la linealidad de los horizontes apenas sí se ve alterada por el modesto perfil, muy lejano, de Sierra Espuña, que se alza tan levemente como para permitirme, mirando al oeste, encontrar sobre esas colinas a Vega, la luminaria de la constelación de Lira.
Mirando el brillo de Vega me viene a la cabeza el mito de Orfeo, en cuyo honor se dio nombre a este grupo de estrellas. Y entonces recuerdo que llevo en algún lugar de mi teléfono la opera de Monteverdi sobre el héroe mitológico. Encuentro la obra y mientras camino de vuelta a San Pedro, voy mirando la estrella y escuchando el sublime recitativo del acto tercero, cuando Orfeo intenta convencer a Caronte para que le lleve en su barca hasta el Hades en busca de Eurídice, muerta por la mordedura de una víbora. Caronte le responde que ningún ser vivo puede subir a su barca. Orfeo responde que el ya no está vivo y que con su esposa muerta ya no tiene corazón: «non viv’io no, che poi di vita è priva mia cara sposa, il cor non è più meco,e senza cor com’esser può ch’io viva?» Y es así como Orfeo consigue el privilegio de poder traspasar las puertas infernales y rescatar a su amada…Pero solo será para perderla poco después, ya para siempre, cuando el amor le provoque el impulso irresistible de mirarla en el camino de vuelta, contraviniendo así la condición impuesta por el Señor del Tártaro para el rescate.
Ah, el amor salva y condena, parece ser el mensaje que creo está enviando la estrella desde allá arriba. Pienso en ello mientras escucho una música maravillosa, y camino, en noche cerrada, por la estrecha lengua de tierra de San Pedro del Pinatar. Tengo agua a ambos lados y un inmenso firmamento allá arriba.

Entusiasmo y optimismo.

Con supremo entusiasmo, el preboste acaba de proclamar, en un foro de capitostes, que no hay mayor problema. Que superaremos pronto esta crisis sanitaria. Que todo irá muy bien.
Estas afirmaciones ante la hermandad del santo balance son no poco preocupantes.
Porque el entusiasta orador es el mismo preboste, ahora con su anguloso rostro pigmentado por una sobredosis de melanina , que lanzó hace un par de meses aquella campaña de propaganda con el lema de «salimos más fuertes» (en tipografía muy bold, eso sí). Y resulta que era justo cuando nos disponíamos a entrar en la segunda fase de la crisis que se daba campanudamente por periclitada.
Es posible que este improbable líder de tan rumboso tumbao al caminar crea a pies juntillas en eso que erróneamente se atribuye a Churchill (y a Lincoln), esto es, que el éxito es tan solo la capacidad de ir de fracaso en fracaso sin perder el entusiasmo…
Pero hagámosle caso. Como sí sugirió Churchill, es conveniente en estos momentos ser optimista; al fin y al cabo no parece demasiado útil ser otra cosa…