Esta mañana al amanecer no he podido resistirme a fotografiar el deslumbrante acebo que crece soberbio en el jardín vecino, y que me avisa con sorprendente anticipación de que ya avanzamos hacia el invierno. Una mosca parecía contemplar las bolitas rojas, tal vez comprendiendo que su tiempo se va acabando. Lástima que no cerré un poco más el diafragma porque si el insecto estuviese enfocado, la foto sería interesante.
Contemplando, al igual que la mosca, ese estallido de rojos y verdes se comprende que en muchas culturas se atribuya a este arbusto un significado tan mágico.
En inglés o alemán, al acebo le llaman holly y hulst respectivamente, lo que evoca algo sagrado, aunque en realidad, pese a las apariencias, se derivan esos términos de una raíz protoeuropea–kel–con el significado de «puntiagudo» (de aquí colmillo o colina, por ejemplo). También nosotros nombramos al acebo a partir de su carácter punzante, pues acebo deriva del bajo latín acifidus, es decir, afilado, agudo.
La tradición de usar ramas de acebo como elemento decorativo ya la encontramos en los legionarios romanos que retornaban a la Galia, cuando el invierno se avecinaba, de las expediciones en Inglaterra.
La vinculación del florecimiento del acebo con la proximidad del solsticio invernal implicaba para los romanos una obvia vinculación entre el arbusto y el dios Saturno. Durante las celebraciones saturnales se podía ver acebos por todas partes; se vendían en los puestos de las calles de Roma, sus ramas decoraban las puertas de las casas y lugares públicos y las bolitas se usaba como regalo.
Los romanos, al igual que los celtas, veían en el acebo un talismán de buena suerte. Y quizá esa convicción era una importación del mundo celta. Los druidas sostenían que en la Naturaleza existía una cierta pugna entre dos entes mágicos y perpetuamente asociados, como la encina y el acebo. De esa incruenta batalla saldría cada invierno vencedor el acebo, pues florecía con magnificencia mientras las ramas de la encina se quedaban sin sus hojas. Esos mismos druidas notaban la capacidad del acebo, que veían como una especie de encina (de aquí el nombre taxonómico del acebo, illex aquifolium, encina de hojas agudas) capaz de resistir los fuertes vientos que derribaban otros arbustos. Y este hecho les convencía del poder de la planta para aportar paz, atenuar las discusiones, reducir las diferencias entre las gentes y aliviar los enfados.
Así que en estos días en los que hay una dosis mayor de la habitual de dogmatismo cerril, desencuentros, y disputas permanentes, necesitamos más que nunca de muchos exuberantes acebos como el del jardín de al lado de mi casa. Hagamos del acebo un poderoso amuleto apotropaico que traiga paz y buen sentido a estos tiempos de espinosas querellas.
Quien sabe, acaso el dios Saturno nos ayude a aliviar tanta cólera y tanta ira, si llenamos, en su honor, todo del radiante y mágico esplendor de los acebos.

2 comentarios en “Acifidus

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