Esta noche ha caído una tormenta en la Sierra. Ha sido delicioso escuchar desde la cama el hipnótico repiqueteo de las gotas sobre el tejado de pizarra del porche. Anteanoche también llovió. Pero resultó poca cosa y durante poco tiempo. Como la vida, mismamente. La de hoy ha sido lluvia de verdad, y no una breve garúa, por utilizar una hermosa palabra que proviene del galaico caruja, al igual que chubasco, que tiene también el mismo origen, chuva. La verdad es que en nuestra lengua tenemos una cierta panoplia de vocablos para definir cada variedad de lluvia, pero acaso no son tantas opciones como las que disponen los que hablan la más lírica de las lenguas romances, que pueden elegir según los casos entre babuña, lapiñeira, barrallo, barufa, zarzalo y muchas otras, incluyendo algunas que manifiestamente se derivan del latín como balloada (de bullar, bullir) o batega (de battuere, batir) o froallo (de floccum, brizna de lana).
Al final resulta que tenía algo de razón Frank Boas cuando sostenía que, por ejemplo, las variadas palabras para nieve que utilizan los esquimales constituían una muestra de la adaptación de de los lenguajes al medio específico en el que habitan los hablantes. Los lingüistas han desconfiado de esta creíble tesis del patriarca de la antropología, pero todo parece indicar que no estaba tan equivocado. Me consta que los japoneses, por ejemplo, tienen la enternecedora fibra poética, muy suya, de usar un buen número de palabras insospechadas para referirse a la lluvia y el rocío, abundantes en Japón. Y usan bellas metáforas que evocan las lágrimas, la muerte, la debilidad…Tienen los nipones, un precioso carácter kanji que representa obviamente un chaparrón cayendo sobre la ventana, así como un amplio catálogo de términos que definen no tanto la lluvia en sí, sino nuestra relación con ella. Disponen de vocablos específicos para definir la espera bajo la lluvia, para la lluvia de principios del verano, para la luna que brilla a través de las gruesas gotas de un aguacero, para los restos de la lluvia en los tallos de bambú, para expresar la lucha del paseante contra el viento y la tormenta, para la lluvia que es bienvenida tras una sequía, y, en fin, para denominar la primera lluvia que cae justo entre el otoño tardío y el comienzo del invierno.
Pero la lluvia es aún más habitual en el archipiélago de Hawai que en el país del Sol Naciente. Y los hawaianos aún disponen de más léxico pluvial que los japoneses. Parece ser que son más de cien palabras las que usan, incluyendo olulo (tormenta que se asienta en el mar) o mi favorita entre las favoritas: kahiko o ke akua, esto es, lluvia tan hermosa que podría ser un regalo o adorno de los dioses. Por cierto no deja tener su gracia que dios en Hawaiano (akua) suene casi como nuestra celestial agua
En fin, teniendo en cuenta lo poco que ha llovido últimamente en el Guadarrama, toda lluvia, como la que he escuchado caer esta noche, me va a parecer ke akua.

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