En el contexto de una plácida discusión sobre psicología, que es su fuerte, Mercedes me dice “ya sabes que como la física cuántica enseña, el observador modifica lo observado“.
En realidad, en muchos casos se acaba haciendo referencia en los argumentos a la física cuántica, si bien creo que nadie entiende del todo bien la física cúantica. Es muy característico el recurso a “lo que nos enseña la física cuántica“, incluso para justificar cosas esotéricas o irracionales, como la astrología o el tarot…
Feynman decía que si crees que entiendes la física cuántica es que no entiendes la física cuántica, lo cual también tiene algo de pensamiento cuántico…
En realidad, el observador no modifica la realidad física por el hecho de observarla (tal vez en ciencias sociales, sí puede darse algo parecido). Faltaría más. Lo que modifica la realidad, en términos cuánticos, es la observación, no el observador.
Para observar una cosa, necesitamos que contacte con esa cosa al menos un fotón (o un electrón, si estamos usando un microscopio electrónico). Pero ese contacto modifica el estado previo de la cosa. Por lo tanto nunca observamos la cosa en sí, sino la cosa modificada por la observación.
–¿Y esto se aplica a todos los aspectos de la realidad?
Naturalmente. Cuando los fotones contactan con un objeto de la vida cotidiana, la modificación es irrelevante. Sin embargo, la modificación es importantísima cuando nos movemos en el paradójico mundo de lo subatómico.
Tratándose de partículas, cuanto mayor sea la precisión en el conocimiento de su posición, menor será la precisión en el conocimiento de su cantidad de movimiento.
–Alto ahí. Esto último que acabas de decir ya no me queda tan claro.
–Pues la relación inversa entre certidumbres, que acabo de enunciar, se explica por las diferentes longitudes de onda que puede tener la luz. Si el fotón que impacta con un electrón, por ejemplo, tiene una longitud de onda grande, su energía es muy baja y por lo tanto, el empujoncito que dará a la partícula será pequeño. Lo contrario ocurrirá si el fotón lleva una longitud de onda pequeña.
–Ya. ¿Y?
–Pues que entonces, si lo que quiero es localizar un electrón y determinar su velocidad, debo decidir: o longitud de onda pequeña o longitud de onda grande. En el primer caso, con la longitud pequeña, obtengo mucha precisión en la localización, pero genero un perturbación muy alta en la velocidad de la partícula (en su cantidad de movimiento para ser precisos). Si en cambio, opto por una longitud de onda grande, apenas perturbaré al electrón, pero tendré una gran imprecisión en lo relativo a su posición. Con una longitud grande, la aproximación a la realidad de la posición de la partícula es muy defectuosa. ¡Con redes de malla grande no se pescan pececitos!
–Creo que lo voy pillando.
–Pues me alegro. Porque entonces, ya estás en condiciones de comprender la bellísima desigualdad de Planck, que nos indica que el producto de la incertidumbre respecto a la posición de una partícula por la incertidumbre respecto a su cantidad de movimiento nunca es nulo. Y no pudiendo ser nulo, eso significa que siempre habrá una cierta incertidumbre en los dos parámetros. Y que esas incertidumbres estarán a su vez están en relación inversa, como hemos visto. Podremos manejarnos pese a todo perfectamente en el mundo de las partículas, pero deberemos hacerlo mediante el uso de estadísticas, de probabilidades, no de certezas estrictas.
–-Fascinante.
–Así es. Y la desigualdad de Planck no solo nos indica lo que acabo de decir, sino que fija el valor mínimo que debe tener el producto de las dos incertidumbres. Dicho producto debe ser mayor o igual que un valor pequeñísimo denominado h o constante de Planck, a su vez dividido por 2 veces pi.
–¿Pi? ¿Qué pinta el número pi en todo esto?
–¡Ah! El número pi aparece por todas partes en el mundo de la matemática y la física. Hay algo en la realidad que conocemos, o en nuestra forma de acceder a ella, que nos lleva muy a menudo al dichoso pi. Si un dios caprichoso ha creado el mundo, se ha tomado la molestia de esconder para nosotros, en cada rincón, el número pi, esperando quizá que lo vayamos descubriendo e ir reduciendo así, paso a paso, nuestra incertidumbre, esa eterna compañera del ser humano.

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