“Me parece un pobre hombre“, dice despectivamente un político de otro que ahora sienta sus reales en elevada poltrona, sugiriendo con ello que, pese a dicha poltrona, el aludido no viene a ser sino un triste infeliz.
Es terrible que el lenguaje abone la teoría de que la pobreza es, por definición, inherente a la ausencia de felicidad. Así no vamos a ninguna parte.
Infortunado parece ser necesariamente el que no tiene una cierta fortuna…¿Por qué ha de ser así?
La duplicidad semántica de la idea de pobreza, en la que se combina el sentido de escasez en algo y el de la estrechez económica, se da, ay, en muchísimos idiomas. No solo es en el español o el inglés. Encontramos la dichosa dualidad en el sánscrito, por ejemplo, donde “durga” es una calamidad, y “durgata” es el pobre o necesitado. O en ruso, en el que lo mismo se usa la palabra biedni para referirse a un hombre pobre de solemnidad (biedni chelobiek) que para compadecerse de los males de amor que alguien sufre o ha sufrido (“biednaia!…kak ana mnogo liobila!”, leemos en Nekrasov: “¡pobre, cuánto ha amado!“). También en alemán, por supuesto: “Arm wie eine Kirchenmaus“, pobre como un ratón de iglesia, dicen los teutones, y también “du armes Würstchen!“, “¡Qué pobre cosa eres tú!“.
Podríamos seguir indefinidamente con ejemplos de la duplicidad semántica de “pobre” en decenas de lenguas. Y no solo las indoeuropeas. También la hallamos en el húngaro (“szegény“) o en el turco (“kötü), por citar solo dos ejemplos más (no ocurre así, aclaremos, en árabe, donde fakir/pobre tiene incluso la acepción positiva que conocemos, o en griego antiguo, donde ptoxoi/pobre solo hace referencia a la posición “agazapada” del mendigo o vagabundo)
El Sermón de la Montaña, la lírica Carta Magna del pensamiento original cristiano, delata la triste dualidad de la idea de pobreza justamente al pretender subvertirla. Lo hace proclamando la consabida y paradójica bienaventuranza: “¡ricos los pobres, porque de ellos es el reino de los cielos!“. Uso aquí la palabra ricos en lugar de bienaventurados porque estoy convencido de que ese el sentido original del término. Ese “makarioi” del texto evangélico debería, creo, traducirse por “rico“, pues ese el sentido que tiene el adjetivo griego (derivado de makro, largo, abundante) en los textos de Platón o Aristóteles. De hecho, nosotros seguimos llamando “μακάρων νησοι”–Macaronesia–al conjunto de las Canarias, Azores y Madeira, esto es, a las Islas Afortunadas o Felices de los griegos. No las llamamos Islas Benditas sino Afortunadas. Y los italianos dicen magari, derivado obvio del griego, cuando quieren expresar algo así como “ójala“…o “felizmente“…
En fin…¿cómo ser pobre y feliz? Para el lenguaje, eso es al parecer un imposible.
Para la vida, como mínimo es algo difícil, reconozcámoslo.
Pero quizá, si dejásemos de compadecernos del prójimo (u ofenderlo) con la palabra “pobre“, haríamos algo por revertir la situación.
Un amiga mía se enfadaba cuando yo me compadecía de algún malestar o inconveniente que le pudiera sobrevenir (una fuerte jaqueca, la avería del coche en la autopista…) usando la palabra “pobre“. Tenía mucha razón en enfadarse conmigo por eso. Y en más cosas. Pobre de mí, por no entenderla.

Un comentario en “¡Pobre, cuánto ha amado!

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s