Desde San Pedro del Pinatar sale una estrecha lengua de tierra que avanza impotente entre marismas hacia un mar abierto, en el que no consigue perderse. Camino casi hasta el final, en una noche muy despejada, tras una feroz tormenta, para obtener el regalo de un cielo limpísimo, con mínima contaminación lumínica. Buscaba esto.
Es casi como si estuviese en alta mar; tengo sobre mí una bóveda celestial enorme, completa, porque desde aquí la linealidad de los horizontes apenas sí se ve alterada por el modesto perfil, muy lejano, de Sierra Espuña, que se alza tan levemente como para permitirme, mirando al oeste, encontrar sobre esas colinas a Vega, la luminaria de la constelación de Lira.
Mirando el brillo de Vega me viene a la cabeza el mito de Orfeo, en cuyo honor se dio nombre a este grupo de estrellas. Y entonces recuerdo que llevo en algún lugar de mi teléfono la opera de Monteverdi sobre el héroe mitológico. Encuentro la obra y mientras camino de vuelta a San Pedro, voy mirando la estrella y escuchando el sublime recitativo del acto tercero, cuando Orfeo intenta convencer a Caronte para que le lleve en su barca hasta el Hades en busca de Eurídice, muerta por la mordedura de una víbora. Caronte le responde que ningún ser vivo puede subir a su barca. Orfeo responde que el ya no está vivo y que con su esposa muerta ya no tiene corazón: “non viv’io no, che poi di vita è priva mia cara sposa, il cor non è più meco,e senza cor com’esser può ch’io viva?” Y es así como Orfeo consigue el privilegio de poder traspasar las puertas infernales y rescatar a su amada…Pero solo será para perderla poco después, ya para siempre, cuando el amor le provoque el impulso irresistible de mirarla en el camino de vuelta, contraviniendo así la condición impuesta por el Señor del Tártaro para el rescate.
Ah, el amor salva y condena, parece ser el mensaje que creo está enviando la estrella desde allá arriba. Pienso en ello mientras escucho una música maravillosa, y camino, en noche cerrada, por la estrecha lengua de tierra de San Pedro del Pinatar. Tengo agua a ambos lados y un inmenso firmamento allá arriba.

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