Ayer hice una pequeña reflexión sobre el discurso de nominación de Biden. Creí ver ahí una relación entre las numerosas referencias a la luz y a la oscuridad del candidato y el Zeitgeist insoportablemente maniqueo y simplista que estamos viviendo. Es un discurso que más parecía el de un líder religioso que el de un político aspirante a la magistratura más importante del mundo. Además de las menciones del Bien y al Mal, de la Esperanza y el Miedo, de la Oscuridad y la Luz, el discurso incluye la cita de un poeta un tanto esotérico (o al menos oscuro, para mí) el Nóbel irlandés Heaney, cuyo más famoso poema comienza, por cierto, con el verso “All I know is a door into the dark“, que parece sugerir que es de la oscuridad de donde surge la luz del conocimiento.
En cualquier caso, me he dado cuenta más tarde de que esa fijación con la luz y la oscuridad tiene bastantes precedentes entre los prebostes yankees.
Por ejemplo, la encontramos en el discurso de nominación de George Bush, en 1988, que acababa justamente con estas palabras: “I will keep America moving forward, for a better America, for an endless dream of a thousand points of light“.
Y, por mencionar otro ejemplo, su predecesor Reagan, en sus tiempos de gobernador de California, terminaba uno de sus más famosos y aclamados discursos advirtiendo que de no frenar el comunismo América daría el último paso hacia mil años de oscuridad (“the last step into a thousand years of darkness“).
¿Por qué esta obsesión contra lo oscuro y lo negro de los que viven o vivieron en esa mansión luminosa y blanca de la Avenida de Pennsylvania? Mas allá de una posible interpretación psicoanalítica en la que entre en juego la patología racial y los estigmas históricos de la sociedad norteamericana, creo que es porque la clave para llegar a la Casa Blanca es justamente saber vender al cuerpo electoral un discurso sumamente elemental. Se requiere el dominio de una dialéctica infantiloide de buenos y de malos, de luces y sombras, de días y noches. Explicar el mundo en términos de honestos frente a indecentes, de santos frente a pecadores, de miedo frente a esperanza, de salvados frente a perdidos, de rojos frente a azules…todo eso simplifica mucho la labor quien ocupa la tribuna de oradores, el púlpito o el plató de televisión. Chicho Ibáñez Serrador, decía, con sabiduría infinita, que para que un programa de televisión tenga éxito a lo grande, debe concebirse y realizarse pensando en niños de 14 años como sus destinatarios (ahí está Sálvame o Gran Hermano para confirmar la teoría). Con la política debe ser más o menos lo mismo.
Y quizá esta necesidad de simplificación es ahora más necesaria que nunca.
Alguien me puede decir que, en realidad, siempre han sido un poco maniqueos los discursos poíticos, especialmente en USA. Pero yo alegaría entonces aquellos fabulosos discursos electorales de Obama, en los que abiertamente elogiaba la buena voluntad y los valores humanos de su rival McCain.
O, por supuesto, los discursos de John F. Kennedy, escritos en su mayor parte por el brillantísimo Ted Sorensen, el autor de esa joya de la literatura política que es el legendario Ole Miss Speech. Nada que ver con lo que ahora se escucha de boca de los pésimos políticos que dirigen el mundo ahora, justo cuando más necesario sería que ellos (o sus asesores) fuesen más excelentes. Yo no entiendo el por qué de esta tragedia que más parece un castigo divino. Debe ser porque no he traspasado la puerta de la oscuridad.

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