Me ha parecido fascinante el discurso de Biden, anteayer, en la convención demócrata. No solo porque ha sido, como podía esperarse, una obra maestra del discurso político, ese género literario del que los anglosajones nos dan lecciones cada día, sino porque este importante discurso se ha articulado principalmente, quién lo iba a decir, sobre la oposición entre la luz y las tinieblas.
«Dale luz a la gente y la gente encontrará el camino«. Así comienza su discurso el aspirante demócrata, haciéndose eco del pensamiento de una activista afroamericana. Poco después, Biden nos dice que él será «un aliado de la luz, no de la oscuridad«. Apenas unas frases después, el orador nos dice que que estamos en un «momento que demanda esperanza, y luz y amor«. Poco después, Biden plantea que el riesgo actual es elegir el camino de la sombra y la sospecha ( path of shadow and suspicion). Más tarde menciona el «profundo agujero negro» que siente en el pecho el ciudadano norteamericano en estos tiempos, y poco después, sostiene que los Estados Unidos serán de nuevo «una luz del mundo» (a light of the world). Ya cerca del fin del discurso, el candidato vuelve al mismo eje conceptual: «la Historia nos dice que ha sido en nuestros momentos más oscuros cuando hemos realizado los mayores progresos, estoy convencido que vamos a hacer grandes progresos de nuevo. Que vamos a encontrar la luz una vez más...». Y para concluir, justo antes de despedirse con el habitual «Dios os bendiga y dios proteja a nuestros soldados», Biden termina con una especie de síntesis final del pensamiento positivo, diciéndonos que «el amor es más poderoso que el odio, la esperanza mas poderosa que el miedo y que-una vez más- la luz más poderosa que la oscuridad«
Pensándolo bien, este enfoque un tanto esotérico es coherente con el maniqueismo de los tiempos actuales. Es un maniqueismo que se deriva precisamente de la desesperanza, de la desorientación, de la desconfianza hacia el sistema, del nuevo sentimiento de vulnerabilidad, del caos social…Y es un maniqueismo que se acentúa por el efecto de las nuevas redes sociales y su inmensa capacidad para intensificar la alineación y la alienación de los individuos.
Yo creo que es esencial contrarrestar esta pandemia de maniqueismo y de intolerancia. La inteligencia humana es precisamente, entre otras cosas, la capacidad para percibir matices, plantear cuestiones, abrirse a la duda. No hay por tanto nada tan opuesto a la inteligencia como esa tentación de ver el mundo y la vida como un enfrentamiento entre las fuerzas del Bien y del Mal. La luz del día es vida, ciertamente, pero hay mucha sabiduría en la noche de fuentes habladoras e infinitos ojos interiores que cantaban Nietzsche y Novalis. Y tal vez hay más sabiduría aún en los delicados matices de la sombra que glosaba el sapientísimo Tanizaki.
Ah, en esta mañana de sábado me apetecería extenderme en un largo elogio de lo crepuscular, pero lo voy a dejar para luego porque quiero dar mi paseo matinal en bicicleta por la Sierra. Ahora bien, no pondré punto final sin evocar las palabras de María Zambrano que podrían servir de contrapunto al discurso de Biden/Zurván (y al presumible contraataque de Trump/Ahriman, que no tardará en llegar y que será más maniqueo aún, si cabe). Nos habla María Zambrano de las «Tinieblas de la Aurora» y nos explica que en el ser humano, la luz siempre anda escondida en las tinieblas. La Aurora, la puerta de la luz como dice la antífona mariana, no es, según intuye nuestra pensadora universal, el comienzo del día, sino «el centro del día, el día-noche«.
No hay que ver nunca el confín como un límite, como una trinchera o, peor aún, como un muro. El confín es en verdad la puerta, es el punto que recoge la inmensidad toda.
Esto es muy sabio. Y con este sutil pensamiento de María Zambrano me subo a la bici y me dispongo a pedalear. Que también es una forma de buscar equilibrios y adiestrarse en sutilezas.

Un comentario en “Las Tinieblas de la Aurora

  1. Hablando de Biden, de luces y de caminos. «Que con la luz del cigarro, yo vi el molino / se me apagó el cigarro, perdí el camino». Es parte de la letra de una alegría que cantaba Camarón. Nunca un candidato a la presidencia de los Estados Unidos estuvo tan cerca del flamenco que, por otra parte, no deja de ser el blues de los gitanos.

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