–Cada vez que oigo la palabra Wu Han, yo pienso en Wan Hu…
–Claro, debe ser por tu manía de darle la vuelta a las cosas.
–No. Es defensa propia. Evocar a Wan Hu me consuela de la melancolía que me sobreviene cuando escucho Wu Han.
–¿Por qué? ¿Qué o quién era Wan Hu?
–Wan Hu fue el primer humano en llegar a la luna.
–¿Ah sí? Pues ya me explicarás.
–Wan Hu era una alto funcionario chino. Al menos eso es lo que nos dice la leyenda. Es uno de los muchos personajes que han sentido la obsesión de los viajes a la Luna, como Luciano de Samosata, Plutarco, Kepler, Raspe, Verne, Offenbach, Méliês…
–Ya. Y qué mas…
–Bueno. Pues resulta que esa obsesión con la luna de Wan Hu era tan grande que diseñó una especie de cápsula espacial de andar por casa. Ordenó a sus criados que atasen a su silla cuarenta artefactos pirotécnicos de bambú, de esos con los que en China realizaban los fuegos artificiales que tanto les gustaban. Una vez preparada la silla, los criados encendieron la mecha, se separaron prudentemente del ingenio y…
–Y…
–Pues que según cuenta la leyenda, se produjo una enorme explosión. Se formó una gran nube de polvo y humo y cuando se disipó…¡Ay! cuando se disipó nadie puedo saber si estaban allí los restos de Wan Hu o si efectivamente el mandarín llegó a la Luna. Y recuerda que los cuentos cautelares chinos, a diferencia de los occidentales, no tienen una moraleja clara, sino que suelen encomendar al lector que busque su propia conclusión. A mí eso me parece más sabio.
–Pero tú acabas de decir que ese loco de los fuegos artificiales llegó a la Luna. No entiendo…
–Y me reafirmo. Porque resulta que en 1965 se le dio el nombre de Wan Hu a un cráter lunar. Y ahí debe seguir dicho cráter, ya que como es sabido, en la Luna no hay erosión. Ergo, Wan Hu está en la luna. Lo digo y lo mantengo.
–Acabaramos. Había trampa. Muy tuyo.
–A mí más bien me parece una historia bonita y cierta. Wan Hu, en cierto modo, sí llegó a la Luna. Es verdad que, según algún estudio, de esos que ganan el Ignoble, su silla-cápsula solo debió ascender 30 centímetros, antes de convertirse en ceniza. Pero, pese a ello, Wan Hu llegó a la Luna. Vaya que sí.
–¿Y cuál es tu conclusión, si es que la tienes?
–No sé. Ya te digo que no creo mucho en las moralejas. Pero si hay que sacar una conclusión, te diría que, como suele decir una persona de mi conocimiento, no hay nada que se pueda lograr si no se ha soñado primero. Y quizá, más importante, te diría también que los sueños de los humanos casi siempre se cumplen, aunque a menudo lo hacen de formas que ni siquiera es posible imaginar.
–Tú y tus conclusiones…

Un comentario en “Wu Han y Wan Hu

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