Al hilo de mi comentario sobre las protestas de Oregon, me pregunta Mercedes si estoy de acuerdo con el derribo de estatuas y la proscripción de todo símbolo o recuerdo que evoque directa o indirectamente el esclavismo.

Le contesto que lo veo excesivo. Pero es que todo movimiento de liberación, todo despliegue de la libertad suele acabar en excesos. La Razón y la Justicia, cuando se ponen en marcha, no pocas veces se ciegan y abocan a una cierta insensatez de las masas. Esto nos lo enseña la Historia, y quizá estamos ahora ante un ejemplo vívido de este fenómeno, acrecentado por el inmenso poder movilizador y catalizador de actitudes extremas que han traído las nuevas redes sociales, dios las confunda.

La esclavitud forma parte esencial de la cultura occidental, de modo que la nueva fiebre iconoclasta, llevada hasta sus últimas consecuencias, tendría que borrar del mapa casi toda nuestra historia y nuestra cultura. No bastaría con bajar del pedestal a Fray Junípero, a Jefferson o a Colón. Ni mucho menos.

Arístoteles aceptaba la institución de la esclavitud, por supuesto, y calificaba a los esclavos de pura propiedad, aunque, eso sí, los veía como “propiedad con alma” (ὁ δοῦλος κτῆμά τι ἔμψυχον). Platón también daba por sentada la esclavitud, aunque ponía reparos a que los griegos fuesen esclavizados. Los romanos instituyeron la figura jurídica del esclavo (servus) diferenciándola del siervo (colonus). Y el mundo cristiano primitivo no rechazó en absoluto dicha institución. En la Epístola a Filemón, San Pablo, que como se sabe era ciudadano romano, cumple con la ley y devuelve a su dueño un esclavo fugado, aunque, eso sí, le solicita al amo que no lo reciba como esclavo (doulon) sino como hermano (οὐκέτι ὡς δοῦλον ἀλλὰ ὑπὲρ δοῦλον). Para San Pablo, si el esclavo ha nacido esclavo, ha de permanecer en ese estado, tal como lo deja indicado en la Epístola a los Efesios: “‘Esclavos, obedeced a vuestros amos de este mundo con respeto de corazón” (a menudo se traduce en este pasaje el servus latino como siervo, lo cual es incorrecto y es falaz; servus es esclavo). En esta misma línea, el Concilio Cristiano de Gangra (345 d.c) especificaba que debían ser condenados los que enseñaban a los esclavos a odiar a sus amos. Poco más tarde, San Agustín proporcionará incluso una justificación teológica de la esclavitud. Y el Papa León el Grande, proclamó en 443 d.c que ningún esclavo podría convertirse en sacerdote. 

En total coherencia, en todo el medievo cristiano la esclavitud es aceptada y justificada. San Isidoro, en la misma línea de San Agustín, considera que “a causa del pecado del primer hombre, Dios impuso a la raza humana el castigo de la esclavitud; a los que no son capaces de libertad les concedió misericordiosamente la esclavitud“. Santo Tomás, por su parte, elabora una de sus alambicadas teorizaciones filosóficas para justificar que unos deban mandar (los amos) y otros obedecer (los esclavos). 

A partir de esas bases ideológicas, todos los grandes imperios y potencias del pasado milenio se fueron levantando gracias a la mano de obra esclava: el mongol, el portugués, el español, el turco, el holandés, el ruso, británico, el norteamericano…Todos sin excepción.

Llevaría mucho tiempo glosar el persistente fenómeno de la esclavitud en la Historia. Y hay muy buenos estudios que lo hacen de una manera amena y documentada (por ejemplo el de Hugh Thomas sobre la historia del tráfico de seres humanos desde 1440 a 1870, cuya lectura es muy recomendable). Pero el detalle es lo de menos. Lo esencial es comprender que no muy es sensato juzgar con rigor el tiempo pretérito con arreglo a los valores de hoy. Y que más que dedicar energías a destruir estatuas y ajustar cuentas con el pasado, deberíamos tal vez centrarnos en construir espacios de tolerancia y comprensión para el futuro. 

Dicho esto sin perjuicio de que no pocas estatuas y monumentos deberían ser derribados sin paliativos o reducidos a salas recónditas de museos. No tanto por su valor simbólico sino simplemente por ser feos. La fealdad también es un crimen.

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