En la portada de una revista leo no se qué sobre un “bronceado envidiable”.
Tiene gracia que para encomiar algo, digamos que es “envidiable”. Dice poco de nosotros. Algo envidiable parece ser algo más admirable que lo meramente admirable, da la impresión. Lo envidiable es el colmo de lo bueno.
También llama la atención que nunca consideremos envidiables los valores humanos. No decimos nunca “ese tiene una bondad envidiable“, ni “qué generosidad envidiable tiene aquel“. Solo nos parece envidiable lo material, lo físico o lo externo. Como el bronceado, mismamente.
Quevedo consideraba que en el mundo existían cuatro pestes. Ponía en primer lugar la envidia. A continuación enumeraba la ingratitud, la soberbia y la avaricia. Pero en primer lugar, repito, ponía a la envidia.

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