¿Qué pretendió expresar Brueguel el Viejo, con su fascinante dibujo que convirtió en grabado el buril de Philip Galle?
La interpretación clásica (Arthur Klein) es que se trata de ilustrar el poder punitivo de la Justicia, como corrector implacable y crudélisimo de los crímenes y vicios del hombre (incluida la usura, el comercio fraudulento, la corrupción…). En principio eso es lo que puede deducirse de la inscripción en latín, que nos dice: “el objeto de la ley es corregir castigando y mejorar a los otros mostrando ese castigo…”.
Pero otra interpretación podría ser la de presentar a la Justicia como un ser impávido y ciego frente a los incontables crímenes, los terribles abusos, la diabólica tortura…(obsérvese a la izquierda, abajo, cómo el tristemente célebre “waterboarding” ya se usaba hace unos cuantos siglos antes de que la CIA lo popularizase en Iraq y la Casa Blanca lo aprobase cínicamente como método aceptable de interrogación).
Yo me inclino por este último enfoque, dado el carácter sarcástico y burlón del viejo Brueguel. Y creo además que el icono universal de la Justicia ciega surge a partir de este trabajo genial, datado en 1560, cuando la represión brutal en Flandes estaba sembrando la semilla de la inminente rebelión de las Diecisiete Provincias contra la corona española.
Porque ni en la Antigüedad ni en el Medievo era ciega la Justicia. Faltaría más.
La primera personalización de la Justicia nos llevaría a la diosa egipcia Maat, que usaba una balanza para valorar el alma de los muertos y cuyo nombre significaba verdad, paridad, orden, equilibrio…pero no ceguera.
Los antiguos griegos también tenían sus formas personalizadas de la Justicia, en diferentes variedades y funciones, como Némesis, y sobre todo Themis, con sus hijas Diké, Eunomía y Astrea. Ninguna de ellas era ciega.
Platón nos dice explícitamente que la Justicia todo lo ve.
Tampoco en Roma la Justicia es ciega. Aulo Gelio nos habla de su apariencia “severa” y de su “mirada vivaz“. Apuleyo considera que el ojo de la Justicia es como el ojo del Sol, al que nada se oculta.
Así que es solo al final del siglo XVI cuando la Justicia empieza a perder la vista.
Es apenas un par de décadas después del grabado de Brueguel, cuando ya apreciamos esa ceguera en la celebérrima Iconología de Cesare Ripa (Roma, 1593), ese compendio de ilustraciones que inspiró a incontables pintores, escultores, oradores y poetas de los siglos siguientes. En una de las muchas formas de la Justicia que reproduce Ripa (la “giustizia esecutiva“, concretamente), la damisela ya aparece con los ojos vendados…
Desde Brueguel y Ripa, pues, la Justicia ya no ve un pimiento.
Hombre, esto se podría interpretar también en el sentido de que el juez humanista, hijo del Renacimiento, debe dictar sus sentencias dejándose guiar solamente por la razón y no por los engañosos sentidos o por las fementidas apariencias.
Pero también podríamos pensar que para el hombre moderno, que contempla y sufre el poder omnímodo del soberano absolutista, la Justicia solo ve aquello que el propio Estado quiere que vea.
Quién sabe. El hecho es que las encuestas nos dicen que actualmente la opinión pública desconfía cada vez más de la Justicia. Mala cosa.
¿No será esta desconfianza sino la manifestación de una sospecha ancestral? Recordemos que Themis, la diosa griega madre de la Justicia que he mencionado más arriba, era, después de todo, la amante y secretaria del todopoderoso Zeus. Una función subalterna, después de todo.

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