Me escribe un buen amigo para quejarse de que escribo poco últimamente. Pues qué le voy a hacer, le contesto. Tengo el privilegio de escribir solo cuando tengo algo más o menos interesante que decir. Y eso no siempre ocurre. En realidad no ocurre casi nunca. Añado a esta excusa que, además, se me atasca a veces la sesera cuando me ronda un asunto tan complicado que no acabo de dar forma clara a mis ideas y opiniones. Y cuando hay confusión en el alma, mejor guardar silencio. Ojalá todos hiciesen lo mismo.
Es eso lo que me ocurre con esta nueva obsesión iconoclasta que está derribando estatuas de próceres por todo el mundo.
Por un lado, no puedo menos de entender que se ponga en cuestión la existencia de monumentos como el de Edward Colston en Bristol, por ejemplo. Era un tipejo al que su labor como empresario y filántropo no le cancela su condición de principalísimo traficante de esclavos. Así que no me acaba de disgustar que su estatua, indebidamente erigida, haya acabado en el fondo del Avon.
Pero en general, me produce rechazo ver a las masas tomándosela con las efigies de piedra o bronce. No puedo evitar recordar que la Inquisición ahorcaba o quemaba estatuas de aquellos a quienes no podía poner la mano encima (por ejemplo a Vives), siendo este el uso absurdo que da origen a la castiza frase de “ahí me las den todas”. Y estoy convencido que de esta fiebre iconoclasta se podría decir algo parecido a lo que proféticamente escribió Heine en “Almanzor” (1821), esto es, que “Dort, wo man Bücher verbrennt, verbrennt man am Ende auch Menschen”, o sea, que primero se empieza por quemar libros y se acaba al final por quemar hombres.
El rechazo hacia un Colston, como digo, puede acaso entenderse, mucho menos la cólera contra los incontables personajes históricos que andan ahora por los suelos, desde Colón a Churchill, desde Cervantes a Voltaire, desde Fray Junípero a George Washington.
En realidad, todos los grandes nombres de la Historia tienen su lado oscuro, sin que ello justifique la barbarie de las turbas que la toman con sus estatuas. Por ejemplo, el personaje más admirado de la Antigüedad, que era sin duda Alejandro Magno, asesinó vilmente a su mejor amigo, amén de hacerse pasar por Dios y llevar la sangre y el fuego muy lejos de su patria. Julio César o Napoleón fueron carniceros implacables. Colón fue un supremo ejemplo de codicia. Cervantes, según parece, prostituyó a sus hermanas. Fray Junípero Serra retenía contra su voluntad-y esclavizaba-a los nativos que acudían a su misión. Gandhi era decididamente partidario de una sociedad organizada en clases. Churchill masacró a los mineros huelguistas de Tonypandy, gaseó a las tribús rebeldes de Irak, y consintió la destrucción de Coventry. Podríamos seguir así hasta el infinito.
En general, no existe un gran hombre anterior a la mitad del siglo XIX que, entre otras cosas, careciera de convicciones racistas, machistas, antisemitas o no juzgase lícita la esclavitud.
El problema es que la Historia es la más conveniente arma de manipulación en manos de quién se atreve a manejarla a su antojo. Es tan difícil fijar la objetividad de lo que ocurrió en el pasado que cualquiera se siente capaz y autorizado de jugar la carta del reduccionismo y convertir al héroe en villano, al filántropo en enemigo público, o valga el ejemplo, al Santo Oficio en benefactor de la Humanidad, como hacen los panfletos pseudohistóricos que últimamente se han convertido en exitosos bestsellers.
Pero a mí lo que me llama la atención, y me parece muy digno de análisis, es el hecho de que está nueva forma de cólera iconoclasta de las masas se inscribe en un movimiento mucho más general que se viene observando desde hace años. Es el movimiento que impulsa la ira y la agresividad colectiva, y lo hace en nombre de las políticas identitarias, de la radicalidad en la justicia social, del poder del pueblo, del combate antisistema, de la lucha contra las élites, de la diversidad cultural, del lenguaje inclusivo, de la discriminación positiva o incluso, paradójicamente, de la defensa de la tolerancia a ultranza.
Todos esos ideales han sido en sí mismos los que han hecho del mundo actual algo mejor de lo que era hace siglos. Esos ideales han sido el motor que ha ido derribando o empequeñeciendo las barreras del género, de la raza, de la pobreza, de la injusticia…y no digamos de la esclavitud. Pero, de algún modo, es como si ahora ese impulso se hubiese desbocado y, una vez conquistados sus principales objetivos, el bólido prosiguiese su carrera sin detenerse, para adentrarse en un nuevo estadio de cólera y rechazo militante hacia quien no comparte lo que la policía de lo apropiado (por usar una afortunada expresión de Woody Allen) ha decidido establecer como correcto.
¿Qué está ocurriendo?
Para responder a esta cuestión, sugiero a mis sufridos lectores que lean, mejor que a un servidor, a Kenneth Minogue, que es quien ha acuñado el brillante concepto del “Síndrome de San Jorge Jubilado”.
La idea es sencilla. Vivimos una época, especialmente desde el 68, en la que todas las grandes narrativas han ido derrumbándose, una tras otra. Y como quiera que en el mundo de las ideas se da también el horror al vacío, han ido surgiendo, amplificadas por las redes, causas nuevas, para ocupar el lugar de las que se perdieron para siempre.
Es como si San Jorge, después de matar al dragón, se sintiese deprimido, en su súbita redundancia. Y necesitase, tras triunfar en su noble causa, seguir dando mandobles en el aire, para huir de la melancolía del jubilado.
Nuestra sociedad padece ese síndrome. Eso explica aberraciones como que se derriben estatuas de figuras, casi indiscutibles, de la Historia. O que se diga que las carreteras construidas por hombres están matando a las mujeres. O que el acrónimo LGTBIQ+ siga creciendo imparablemente con nuevos signos ASCI de difícil encaje. O que un articulista de color del New York Times considere que es cuestionable que sus hijos puedan ser amigos de otros chicos blancos. O que consideremos indiscutible el derecho de un niño a tomar medicamentos para evitar su pubertad, en aras de la presunta defensa de su libertad para definir su propio género. O que veamos casi como un asesino en serie a quien se atreve a comer un entrecot de vaca o acudir a un festejo taurino. O que consideremos como culpable de leso delito de patriarcado a todo varón, tan solo por el hecho de haber nacido como tal.
¿Hasta cuándo seguiremos dando sablazos al aire? ¿Hasta cuándo estará sembrado el mundo de minas para todos los que se separen del camino de la nueva y sacrosanta corrección ética? Es difícil saberlo. Pero me parece que esta desagradable locura colectiva con las estatuas es la que hace preciso que busquemos la manera de que este pobre San Jorge jubilado deje algún día de ver dragones por todas partes.
En estas cosas tan peliagudas he estado pensando estos días. Y por no tenerlas claras me he abstenido hasta hoy de escribir algo aquí. Pero en realidad, sigo sin tenerlas muy claras…

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