Cuenta una leyenda de la India que la Humanidad surgió como el capricho de un dios borracho. Parece que ocurrió cuando el Cosmos estaba recién creado. Brahma, ebrio, sintió el deseo de rematar su obra creando algo pequeño, insignificante…algo que le vendría bien para contrastar las maravillas creadas previamente. Y entonces, sumido en profunda embriaguez, creo al Hombre.
Nacidos del divino desvarío, los hombres comenzaron a vagar por el mundo durante interminables edades. Y nunca les abandonó una melancolía incurable. Se avergonzaban de su insignificancia, de su pequeñez y de su miseria, pues por aquellos tiempos tenían una imágen precisa e sí mismos.
Ante los atribulados humanos, apareció un día Shiva, con la maligna intención de arruinar la última de las creaciones del odiado Brahma.
–¿Queréis poner fin a vuestros males? ¿Deseais que yo os conceda la Muerte, de la que soy ama y señora?
–¡Oh, sí!–respondieron todos al unísono–¿Qué sentido tiene esta vil existencia que llevamos? ¡Solo somos el capricho de un dios perturbado!
–Muy bien–dijo Shiva– pues voy a resolver vuestro problema en menos tiempo del que tarda una mariposa en aletear…
Y diciendo esto, Shiva se dispuso a destruir de un manotazo a la Humanidad.
Pero en ese mismo instante apareció Vishnu.
–Detente, Shiva. Yo tengo un elixir que acaso alivie los sufrimientos de los hombres. Y me place que antes de exterminarlos, les concedas probarlo.
Y así fue como Vishnu dio a beber a los hombre su licor.
Durante toda una jornada los infelices humanos bebieron y bebieron hasta saciarse del elixir de Vishnu. Y cuando volvió a salir el sol, Shiva se presentó de nuevo ante ellos para renovar su oferta.
–Ja, ja, ¿morir? ¿Pero quién quiere morir tan pronto, si tenemos un mundo entero a nuestra disposición, para que lo dominemos y disfrutemos?–respondió uno de los hombre a la divinidad.
–Yo, podré conquistar el orbe si así lo quiero–dijo otro.
–Y a mí, cuando lo desee, se me desvelarán todos los misterios del Universo, uno tras otro. Nada escapará a mi entendimiento–proclamó un tercero.
–Yo podré conseguir que las generaciones recuerden mi nombre y que mi fama sea eterna–dijo uno más.
Shiva comprendió que ya no había nada que hacer.
–¿Puedo saber qué es lo que les has dado a estos imbéciles que ayer languidecían melancólicos y hoy, exultantes y felices, se vanaglorian de sus miserias ante mis propias barbas?
Vishnu sonrío triunfante. Se acercó a Shiva y le dijo al oído:
–Les he dado el amor propio.

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