Comento con una amiga la pintoresca nueva normativa del confinamiento en UK, según la cual queda prohibido, entre otras cosas, durante el “lock down“, mantener relaciones sexuales en un domicilio o lugar cerrado, con aquellas parejas con las que no se conviva regularmente. La normativa parece que ha sido aceptada sin rechistar por la población británica, en otro ejemplo más de la inmensa lucidez de Orwell cuando pronosticaba que la Humanidad iba a ceder gustosa amplias parcelas libertad (y su dignidad) a cambio de protección, bienestar y salud. Somos todos presos felices orwellianos.

Mi amiga me dice que esto de que la autoridad competente regule las relaciones sexuales viene de muy atrás. Y me indica que la palabra “fuck” en realidad es un acrónimo de raíces medievales, que deriva de la expresión: “Fornication Under Consent of The King.”

En realidad, esto no es así en absoluto; “fuck” es una palabra inglesa muy antigua y aquilatada, que se deriva tal vez del bajo alemán, y que tiene un sentido de golpeo, empuje o movimiento rítmico. No tiene “fuck” nada de acrónimo. De hecho, es un asunto bien estudiado por los filólogos que las etimologías basadas en acrónimos son generalmente falsas para aquellas palabras usadas con anterioridad al siglo XX, como es el caso que nos ocupa.

Un acrónimo (etimológicamente “nombre por las puntas”) como OTAN, por ejemplo, no se debe confundir una abreviatura como RIP, pongamos por caso (que sí es muy antigua, ciertamente). Un acrónimo adquiere naturaleza de verdadero nombre para definir una entidad, un concepto o una cosa y se usa sin problemas para referirse a ella; bien distinto es el papel de la mera abreviatura, que no se usa sino en los escritos o grabados y con estrictos fines prácticos de economía de caracteres. 

En todo caso, le concedo a mi amiga, en los falsos acrónimos hay que reconocer que hay imaginación e ingenio. Quizá por eso se les da tanto crédito. Por ejemplo, hay muchos convencidos de que golf, es un acrónimo de Gentlemen Only, Ladies Forbiden.  O que posh es acrónimo de “port out, starboard home”, en relación a los mejores camarotes de los transatlánticos, reservados a los “pijos”. O que “tip” es acrónimo de “to insure promptness”. 

Pero no solo abundan las falsas etimologías acronímicas en inglés. Tenemos “spa”, por ejemplo, que siendo un simple topónimo derivado del vocablo valón “espa”, fuente, y que da nombre a un famoso enclave belga de baños termales, erróneamente se considera vinculado al latín “Salus Per Acqua”. Y no se puede dejar de mencionar en este contexto al gran sabio medieval hispánico, San Isidoro, al que le encantaba inventarse etimologías con sentido acronímico. Una de las más divertidas es “cadaver”, que el erudito obispo cartagenero acreditaba como un acrónimo de “caro data vermibus” es decir, “carne dada a los gusanos.”

Es paradójico que la etimología, que no es, etimológicamente, sino la ciencia de la verdad, se preste tanto a fantasías e invenciones. Eso es algo de lo que ya nos avisaba el Diccionario de Autoridades, a finales del XVIII, cuando, bajo la entrada de “etymología”, nos prevenía diciendo que “muchos reciben engaño en las etymologías”.

Pero en general siempre hay un punto de verdad en las fantasías acronímicas. Por ejemplo, si bien carece de fundamento la idea de que la autoridad de los monarcas pudiese extender en algún momento historíco permisos para la fornicación de sus súbditos, no es menos cierto que la Iglesia sí lo hacía, en cierto sentido. En la Edad Media europea, la prohibición religiosa para realizar actividades sexuales en determinados días del calendario, formalmente vetaba no menos de 195 días al año para holgar con el cónyuge, como ha explicado en alguna ocasión un medievalista tan autorizado como Alessandro Barbero (Pascua Florida y de Resurrección, domingos y fiestas de guardar, Cuaresma…) Ahora bien, esa tremenda limitación se suavizaba en el grado deseado mediante el correspondiente óbolo o la pertinente obra de caridad. 

Así que en la práctica, la prohibición eclesiástica era papel mojado, como ocurre con muchas leyes innecesarias e incoercibles. A ellas se aplica una expresión que los italianos (ese pueblo martirizado por un océano de normas absurdas) pronuncian a menudo con naturalidad: “non si può fare ma si fa ugualmente”. Como supongo que ocurrirá con la norma británica que ha suscitado este post.

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