CONFINARON a la gente, y la gente se puso a hacer pan. 

El consumo de harina se duplicó desde los primeros días del confinamiento. Nos lo confirman los burócratas que llevan el control de estas cosas.

¿Una forma más de matar el tiempo, como torpemente dice algún periódico?

Ni mucho menos. 

Hacer pan en casa es, antes que nada, un rito propiciatorio.

Hacer pan en casa es una liturgia, un sacramento laico. Es una práctica religiosa en un sentido estricto y etimológico, pues nos vuelve a vincular, a religar con nuestro yo interior, tan tristemente alienado por tanto miedo y tanta ansiedad. . 

Hacer pan en casa, amasar y hornear nuestro propio pan, es una insuperable terapia, tal vez la más apropiada en estos procelosos tiempos en los que el mundo exterior se ha hecho peligroso y poco confiable. Apelando a los cinco sentidos, hacer pan en casa nos devuelve a nuestro propio ser. Es una forma sensorial, simple y eficiente de llevar a cabo una terapéutica mindfulness.

Esto no son especulaciones mías. En 2017, un grupo de psiquiatras británicos del Bethlem Royal Hospital de Kent organizó para los enfermos mentales un curso de seis sesiones para aprender a amasar y hornear pan. El resultado fue extraordinario en términos de reducción de la ansiedad y creación de sentido de la realidad entre los pacientes. Aquel estudio formaba parte de un movimiento surgido en 2013 en el Reino Unido (Together We Rise) orientado a promover las virtudes terapéuticas de la preparación doméstica del pan. De algún modo, lo que ha ocurrido durante este extraño confinamiento planetario, es la mejor prueba de que esas iniciativas iban por buen camino.

Pero es que el pan es mucho pan. 

No hay objeto material más prominente que el pan en el imaginario de Occidente.

En el poema de Gilgamesh, el ancestral héroe mitológico Erkidu, se asombra al descubrir el delicioso sabor del pan, él que hasta entonces solo conocía la leche ordeñada de las fieras y el acre gusto de las hierbas salvajes.

Para los antiguos griegos, lo que definía al verdadero ser humano no era otra cosa que el hecho de alimentarse de pan. Así nos lo explica Homero. El fuego que Prometeo arrebata a los dioses para entregarlo a la Humanidad sin duda estaba destinado a encender los primeros hornos panificación. Para Anaxágoras, el hombre en cierto modo estaba hecho del pan que comía, lo que a su vez le sugería al filósofo presocrático la idea de la unicidad última de la materia para explicar, en clave fisicista, la diversidad del mundo.

La milagrosa conversión del grano en delicioso alimento era el mejor ejemplo del dominio de la especie humana sobre la Naturaleza. Por eso llamaban los griegos al pan “artos”, con el significado de ajuste preciso o composición exacta, utilizando un derivado del verbo ararisko, ajustar.

Porque, ciertamente, hacer pan es un prodigio de equilibrio. La creación de una masa perfecta exige, entre otras muchas cosas, que quien la prepara obtenga un balance exacto entre elasticidad y extensibilidad, dos factores que a su vez se corresponden con las dos proteínas que forman el gluten del trigo, la glutenina, que es la responsable de la cualidad elástica de la masa, y la gliadina, que es la responsable de su capacidad para ser estirada. Estas dos proteínas, interactuando sutilmente, son las que permiten que la masa de pan pueda ser estirada sin desgarrarse. Todo un punto de partida químico para una cierta reflexión antropológica o incluso moral. O poética. Equilibrio era también lo que veía la medicina galénica en el pan, pues se pensaba que este era el único alimento en el que estaban en perfecto balance los cuatro principios básicos cuyo desajuste determinaba la enfermedad del cuerpo, es decir, lo seco, lo húmedo, lo frío y lo caliente, que a su vez se relacionaban con los cuatro elementos físicos que se concebían en aquellos tiempos como principios naturales, o sea, la tierra, el agua, el aire y el fuego.

Tal vez por su condición de milagrosa hazaña de la más refinada tecnología humana, el pan se convierte en un objeto mítico, con un puesto central en la historia de las religiones y en la vida social. El pan es el primer artefacto que aparece en el Génesis, cuando Yahvé menciona la necesidad de ganarlo con el sudor. A partir de ese episodio bíblico, el culto al pan es una constante en el mundo judeocristiano. Desde los Salmos al Padre Nuestro. 

Padre es por cierto una palabra vinculada etimológicamente con el pan, a partir de la raíz indoeuropea pa-u, con el significado de protector o responsable de la custodia.

Jupiter, pita, pater, padre, pasta, pasto, pastor, sátrapa, bajá…todo nos lleva, cuando menos etimológicamente, a pa-u y al pan.

Cuando yo era niño, recuerdo que ante un pedazo de pan caído al suelo en casa, era de rigor recogerlo y besarlo, como si fuese un objeto religioso, que es, después de todo, lo que realmente era. El pan no solo comparte la sacralización del hogar, sino que en cierto modo lo define. Nuestro hogar es allí donde comemos nuestro propio pan, el pan nuestro de cada día. Por eso Dante habla de la tristeza de tener que comer otro pan distinto, como metáfora del forzado exilio. Lo mismo que el Ricardo II de Shakespeare que nos dice que ha conocido también “the bitter bread of banishment“.

Y en conexión con su significado mítico y religioso, el pan se convierte en el más poderoso referente de la vida social y política. Los faraones egipcios distribuían generosamente pan entre sus súbditos para acrecentar su autoridad y prestigio. Lo mismo hacían los emperadores romanos, quienes entregaban graciosamente pan a la plebe como una forma de subsidio, el llamado panis civilis o panis cibarius. También se entregaba pan a cuenta del emperador en las gradas de los recintos donde se celebraban espectáculos: era el panis gradilis, que ha dado lugar a la expresión panem et circenses (y a su versión carpetovetónica “pan y toros”).

Y en Roma, como en toda Europa el poder estaba condicionado por la capacidad de proveer de pan a los súbditos. Si las naves frumentariae, cargadas de harina siciliana o africana no llegaban a tiempo a Ostia, la agitación social en la Urbe era inevitable y peligrosa. Como lo fue la carestía del pan previa a la Revolución Francesa, cuando, según acendrada leyenda urbana, María Antonieta aconsejó a las masas rebeldes que comiesen brioches ante la imposibilidad de comer pan. Anotemos, por cierto, que la palabra inglesa “Lord”, con el sentido de dominador o amo, no significa etimológicamente sino “dueño de las rebanadas”, loaf ford, haflord…lord. Es todo lo mismo, ya sea en Roma, en París o en York.

Lo cual me lleva a evocar otro de los acontecimientos que podemos imputar al confinamiento, a saber, la aceptación generalizada de una renta universal o subsidio mínimo. Hay algo en esa medida, a todas luces necesaria, que nos evoca a esos panes sabiamente distribuidos con fines propiciatorios por los faraones o los augustos. Es un forma moderna de panis civilis, y evoca la “Conquista del Pan” que el príncipe anarquista veí como motor de la revolución (“la anarquía solo está a tres comidas perdidas de distancia” reza un sabio apotegma político).

La renta básica universal es el paracetamol que se estaba haciendo indispensable en una sociedad cada vez más inflamada por la injusticia social y el desamparo de los que nada tienen ni esperan. En cierto modo, esa renta universal, heredera de aquel panis civilis de Roma, puede aliviar el malestar psicológico colectivo que nos aqueja, de la misma manera que amasar pan ha aliviado el malestar psicológico de millones de personas durante estos meses de confinamiento. Y durante toda la Historia. Together we rise, sí, y los duelos con pan son buenos (buenos, no menos) como nos dijo Sancho y como sabe Sánchez…

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