Unos arqueólogos parecen haber encontrado estos días unos residuos de alucinógenos en los restos hallados en un antiguo templo de Tel Arad, al sur de Jerusalén. Es un hallazgo que se diría confirma los vínculos entre el fenómeno religioso y la promoción mediante químicos de estados alterados de conciencia. 

Basta repasar la historia de la Humanidad, para constatar esa relación entre la experiencia religiosa y los alucinógenos, desde el soma védico hasta el kava de Fiji, pasando por el maná judío, el loto de los griegos, el vino báquico, la ayahuasca, la ganja jamaicana, las arguilas de los derviches, los vapores tóxicos de Delfos, o las tormentas interiores de endorfinas o endocanabinoides que induce el ayuno extremo o las disciplinas autoinfligidas…

Muy a menudo la religión establece alianzas con química. Y en todo éxtasis religioso se atisba de un modo u otro la sombra de la psicodelia.

¿Se refería a esto Marx cuando decía que la religión es el opio del pueblo?

Para empezar, Karl Marx no dijo exactamente lo que usualmente se pretende significar con esa cita.

El párrafo en el que figura la idea es más largo y transmite una idea un tanto diferente de la interpretación habitual.

Ocurre que el opio y los opiáceos, especialmente en la época en la que escribía Marx, se veían más bien como eficaz medicina contra el sufrimiento físico que como sustancia puramente estupefaciente o alienante. Aún faltaban décadas para que este tipo de sustancias psicotrópicas adquiriesen la mala prensa que tienen en nuestros días (recordemos que Nietzsche era adicto al láudano, un opiáceo después de todo, lo mismo que le ocurría Freud con la morfina o la cocaína). 

Marx veía tanto en el opio como en la religión no tanto un veneno, sino un cierto alivio para el sufrimiento humano en un mundo sin piedad. La crítica marxista a la religión no es tanto una crítica a la religión en sí misma, sino a los factores objetivos que obligan al hombre a refugiarse en el consuelo de la espiritualidad. Todo esto se entiende mejor si se lee el fragmento completo escrito por Marx en Zur Kritik der Hegel’schen Rechts-Philosophie. Ahí se dice:

La religión es el suspiro de la criatura oprimida, el corazón en un mundo sin corazón y el alma en las condiciones desalmadas. Es el opio de las gentes.

Propiamente, no fue Marx quien imputó a la religión una función social alucinógena; esa es más bien una idea casi de sabiduría convencional que encontramos en no pocos pensadores anteriores y posteriores al barbudo teutón, desde Lucrecio a Bertrand Russell.

Se puede mencionar, a modo de ejemplo, el poderoso reproche que la Juliette de Sade (en una novela que es un probado precedente de toda la crítica social del XIX) le hace al rey de Nápoles, y cuya referencia literal al opio es quizá, mira por dónde, la que inspirase la célebre y mal interpretada frase marxiana:

Tu redoutes l’oeil puissant du génie, voilà pourquoi tu favorises l’ignorance. C’est de l’opium que te fais prendre à ton peuple, afin qu’engourdi par ce somnifère, il ne sente pas les plaies dont tu le déchires.”

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