“El joven príncipe heredero Shin le preguntó a su tutor, el venerable Saomar, a qué virtud habría de dar preferencia a fin de estar mejor preparado el día que le correspondiese heredar el Reino. Estaba lleno de dudas.

¿Debía esforzarse por dominar el arte del prudente raciocinio o bien debía adiestrarse en la habilidad de decidir con la rapidez del rayo?

¿Debía ser calculador o más bien intuitivo,?

¿Debía aprender a moderar sus pasiones o bien debía descubrir cómo usarlas al servicio de un buen fin?

¿Qué era más importante para ser un buen rey? ¿la cabeza o el corazón?

Por toda respuesta Saomar le entregó al príncipe Shin unas tijeras de oro. Y le pidió que cortase un pedazo de terciopelo.

Así lo hizo el joven príncipe.

–Dime Shin–preguntó el sabio–¿cuál de las dos hojas de las tijeras es la que ha cortado el terciopelo?”

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