Ahora, a finales de Mayo, llega la temporada de los melones y me parece que, con ellos, la vida se hace algo más amable, a pesar de los pesares.

No hay fruto tan grato a los sentidos como un buen melón, dulce, fragante, carnoso…Siempre habrá quien nos alarme con su presunta propensión a indigestarnos, pero esa será otra gran mentira de estos tiempos saduceos que nos han hecho saber que cuando llega la pandemia, el primer confinado es la verdad.

Yo sostengo que, en cierto modo, el melón es un invento español. Entiéndase bien, lo que quiero decir es que solo gracias a los sensuales musulmanes de Al Andalus el melón volvió a entrar en Europa de forma masiva. Porque en el alto medievo no se comían melones en Europa, lo que me parece a mí que es la única buena razón por la que podríamos calificar a la Edad Media de época oscura…

Incomprensiblemente, se había dejado de cultivar en el continente el pequeño melopeponum que, traído desde Armenia, hacía las delicias de los patricios romanos, como atestigua Apicio y como consta en las paredes de Herculano. Marco Polo, es cierto, había cantado con su inconfundible elocuencia las excelencias de los “poponi” asiáticos, al igual que los cruzados que volvían de Oriente Medio.

Se deshacía en elogios Marco Polo sobre los míticos melones de Sapurgán, en Afganistán, que por lo visto era el Villaconejos de Asia. El gran viajero nos cuenta con nostalgia que los sapurganeses dejaban secar sus maravillosos melones al sol, en medio de las calles, hasta que estas frutas adquirían un sabor “piú dolci che mèle”. Y, antes que él, los cruzados, a su vuelta, ya habían mostrado nostalgia por la meliflua carnosidad de aquellas cucurbitáceas orientales, quizá entremezclada con otras muchas dulces nostalgias orientales no menos dulces y menos confesables…

Pero a finales del siglo XIV, ya fuera por la publicidad de Marco Polo, por los relatos de los cruzados, o por influencia del mundo morisco español, las semillas del melón ya se plantaban en Europa y esta sublime fruta se empezaba a cultivar con entusiasmo en los huertos europeos, donde adquirió características de verdadero fenómeno sociológico. Por aquella época era cuando los castellanos veían florecer uno de sus primeros monumentos literarios, el Libro del Buen Amor, que, mira por dónde, incluye un episodio dedicado al melón y a la sandía. Un poco más tarde, en la Francia de Montaigne (que en sus ensayos nos dice que el melón es la única fruta que le gusta comer), se publica en Lyon el célebre Sommaire Traitté des Melons, del médico Jacques Pons, donde se eleva el humilde melón al rango de manjar de reyes y príncipes. Pons se deshace en frases encomiásticas respecto a los amados y deseados melones –“tant prisez et avec si grand desir recherchez et cheris”– y describe hasta cincuenta maneras diferentes de prepararlos, entre ellas, claro está, la combinación insuperable del melón con jamón, genialidad de la alquimia culinaria que yo creo tiene su verdadero origen en la Castilla cristiana, donde mezclar carne de cerdo con fruta tan morisca se antojaba una forma conveniente de agasajar el paladar y a la vez aquilatar la limpieza de sangre. ¿No tendría sentido utilizar el melón con jamón como el mejor estandarte de la Alianza de Civilizaciones?

Luis XIV debió leer mucho a Pons y sus recetas, pues se sabe que hacía cultivar con primor hasta siete variedades de melones en los huertos reales, bajo protección militar y en invernaderos protegidos por cristales para hacer posible que en Versalles fuese viable esta fruta, que exige para madurar mucho calor, poca humedad y cuatro largos meses de espera…

Fruta de reyes pues son los melones. La única fruta que se goza integralmente, porque además de su belleza, su sabor y su perfume, la palpamos y la oímos cuidadosamente antes de abrirla, para tratar de atisbar a priori el enigma supremo de su dulzura.

No hay por tanto fruta que supere al melón; ninguna tan noble y a la vez tan humilde y asequible. 

Deberíamos preocuparnos más de los melones en estos tiempos oscuros. Porque ni siquiera el pandémico virus con toda su sediciosa malignidad nos va a quitar el placer de saborearlos este verano. Creo.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s