Al parecer, una parte de la población se resiste a cumplir con la normativa de la mal llamada desescalada y rechaza el seguimiento estricto de la distancia social. Ocurre sobre todo en España e Italia, que comparten tantas cosas buenas y otras tantas cosas que no lo son tanto.

A mí esto, si es verdad (al parecer en un paroxismo sancionador, se han impuesto no menos de un millón de multas), me interesa porque tiene una obvia interpretación psicoanalítica. Podríamos pensar que el gobierno, como figura paterna, le ha fallado a su hijo. Los poderes públicos han sido demasiado dubitativos. Harto inseguros. Acaso irresponsables. Siempre imprecisos. A menudo confusos. Ocasionalmente falaces. Y también, no pocas veces, prepotentes.

Esta crisis de la figura paterna bien puede haber provocado una reacción psicótica en una parte de la ciudadanía. 

Hastiado de recibir instrucciones confusas o contradictorias, el hijo acaba pensando que ya no rigen las normas paternas. Por ello, se atreve a ignorarlas sin más, y retorna ciegamente a una normalidad que conoce bien y en la que siente la seguridad del hábito y de lo familiar, incluyendo el solaz playero o el insustituible vermut de mediodía en esa terracita encantadora tan atestada de gente. ¡Cómo puede ser eso malo! 

Hay también en todo esto la negación palmaria de una amenazante realidad que se ha intuido incontrolable, porque la autoridad no ha sido capaz de crear convicciones creíbles y positivas. Y cuando lo ha intentado, hablando de guerras, muertes sin fin y tragedias, ha sido tan ineficaz como esos anuncios tétricos de las cajetillas de cigarrillos que desde hace mucho tiempo han descartado los psicólogos como herramienta de reducción del tabaquismo . 

Entonces, negando la realidad, con esa ansiedad que solo provoca lo que no se puede combatir o controlar, una parte de la ciudadanía se ha decidido a considerar súbitamente obsoleta toda norma o restricción, y a juzgarla ya irrelevante.

“¡Cómo es la gente!”, oímos a menudo, respecto a las súbitas aglomeraciones de esta desescalada multifásica. 

Sí. Pero en realidad, el verdadero problema no es el comportamiento adolescente del hijo, sino la crisis de la figura paterna en la forma de una autoridad que se ha mostrado quebrada por los muchos titubeos, los errores de comunicación, las pueriles querellas con la oposición, la incoherencia por sistema, el trato desigual a iguales y el incumplimiento de muchos compromisos que se anuncian primero con el bombo y el platillo de la demagogia populista pero que después, ay, se quedan en agua de borrajas. Me viene a la cabeza la frase lapidaria de Victor Hugo: “No existen malas hierbas ni mala gente, solo existen malos cultivadores.”

“¡Cómo es la gente!”. Más bien habría que pensar en cómo son los que en la gente están mandando. ¡Cómo son ellos!

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