Ha vuelto a la actualidad la palabra “escrache”. Es un término que popularizaron los argentinos, cuando pretendían hacer despertar a la sociedad de su amnesia culpable y culposa con respecto a los crímenes de la dictadura.

Los activistas porteños pensaron que había que “retratar”, señalizar, estigmatizar, a los responsables de aquella infamia, y ponerlos sin piedad en evidencia. Se trataba de no incurrir en ilegalidad flagrante, pero no había más remedio que moverse con cuidado por una fina línea fronteriza.

Echaron mano de una palabra lunfarda, escrache, que significaba, en la jerga de la germanía porteña, ficha policial, o retrato muy feo de alguien. El origen etimológico del término lunfardo puede ser el scratch inglés, o garabato, debidamente relexematizado con influencia del término del italiano schizzare, salpicar, o más bien de schiacciare, estrujar, y en casi segura convergencia con el francés écraser, aplastar, destruir…En etimología no hay verdades simples. Como en casi nada.

Écraser es un verbo muy importante en la literatura de rebelión. Lo empleaba sistemáticamente Voltaire, para referirse a la lucha sin cuartel contra las fuerzas del Antiguo Régimen. “Écrasez l’infame!” escribía Voltaire al inicio de cada una de los muchos miles de cartas que escribió, como si fuese un Catón epistolar recordando continuamente que Cartago debía ser destruida. Así es;  “¡aplastad al infame!” era su peculiar Johnson Box, en lugar de la habitual cruz que se dibujaba en la cabecera de las cartas en aquellos tiempos…¡cómo era Monsieur Arouet!

Azaña, que era culto, también hizo un guiño a esta idea volteriana cuando, en una gran manifestación, se le ocurrió decir que había que “aplastar al infame”, refiriéndose sin duda, al igual que Voltaire, al Ejército y a la Iglesia, que en su tiempo eran, como sabemos, particularmente reaccionarios. 

Pero fue a él a quien precisamente se escrachó. Y a un país entero de paso. Más o menos como está haciendo ahora esa bolita de grasa y RNA cinco mil veces más pequeña que el punto con el que concluyo esta frase. Estamos todos, en alguna medida, escrachados.

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