Las reuniones a través de videoconferencia múltiple, a las que nos vamos a tener que ir acostumbrando por mor de las circunstancias, constituyen otro desafío en términos de adaptación de la especie a formas nuevas de comunicación. 

La Humanidad tuvo que aprender a comunicarse por escrito, hace siglos. Mucho más tarde aprendió a comunicarse por teléfono fijo y móvil. Llegaron después los sms, los chats, los whatsapp y demás zarandajas. Y ahora surge algo totalmente nuevo, en la forma de esas pantallas con múltiples ventanas en las que aparecen las imágenes, en horrible primer plano angular, los diferentes participantes en el encuentro, incluido, ay, uno mismo.

Nos llegará un torrente de sesudos estudios hermenéuticos, semióticos, psicológicos y sociológicos sobre estos sistemas. Al tiempo. Supongo que el gran Maurizio Ferrari, por ejemplo, no tardará en meter la cuchara intelectual en el apetitoso guiso.

De hecho, ya se está hablando, por ejemplo, de una especial fatiga que sobreviene por esta novedad de los videoencuentros de trabajo. 

Puede ser. 

Cuando participamos en uno de estos videoencuentros se produce un sobredimensionamiento de la atención hacia las imágenes de los otros (y su entorno) y también hacia la de uno mismo, que se nos muestra en paridad con la del resto de participantes. Esto incide enormemente en la forma en la que procesamos no solo lo que vimos, sino lo que vamos viendo.

En una reunión normal nuestra atención se fija primariamente en el que habla; no nos ponemos a escudriñar con una fijación que sería insolente a los que escuchan. Pero en los videoencuentros esto es exactamente lo que se hace. Analizamos despiadamente, desde la impunidad que ofrece la aplicación, el aspecto y atrezzo de los demás, sabiendo que nadie detecta hacia donde miran nuestros inquietos ojos. Recíprocamente, controlamos y evaluamos en exceso la imagen que proyectamos nosotros mismos. Tal como haríamos quizá si en una reunión convencional tuviésemos un espejo delante y supiésemos que los otros nos monitorizan de forma implacable.

Todo esto representa un cambio radical en el flujo de información multipolar que se desencadena en el videoencuentro y en el nivel de atención que este nuevo sistema de comunicación exige de nosotros. Nos obliga a ser mucho más “multitarea” que en una reunión convencional e hipertrofia el papel de la comunicación no verbal que emiten los participantes (incluidos nosotros).

En realidad, ya se empieza a hablar de “fatiga del videomeeting.”. Y esto no ha hecho más que empezar. 

Pero es algo imparable. 

La comunicación, al igual que el dinero, la guerra y el sexo…siempre se abre camino.

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