Me reenvían uno de esos vídeos malévolos destinados a denigrar al enemigo ideológico de turno. En este caso, el denigrado es un altísimo cargo del actual gobierno, ex profesor de universidad. En la escena reenviada, que acaso data de hace unos años, y al parecer tiene lugar en una conferencia ante estudiantes, el personaje dice que “al liberalismo le gusta mucho Newton (?) porque Newton ve caer una manzana sobre su cabeza y de ahí crea la Teoría de la Relatividad, es decir, va de lo concreto a lo general” (sic)
Evidentemente, el preboste, al que le reconozco una formación y educación notable (presume y con razón de dos licenciaturas y un doctorado, así como varios idiomas) ha cometido un error cambiando gravedad por relatividad.
Pero a mí me parece que ahí no está el error reprochable (muy reprochable en verdad). El imperdonable gazapo está en proferir ante universitarios una simplificación de tal calibre como lal que hace respecto a Newton.
Newton no elabora la Teoría de la Gravedad Universal por el supuesto hecho de que le caiga una fruta en su cabeza. Esto es una simple leyenda sin fundamento, por más que se sabe que en el jardín de la casa a la que se retiró casi un año completo durante la pandemia sí había algún manzano.
Y aún es menos cierto que en la creación de la Teoría de la Gravedad el genio inglés estuviese yendo “de lo concreto a lo general” como se atreve a decir el preboste. Decir eso es no conocer ni siquiera superficialmente la naturaleza eminentemente racional y racionalista del colosal despliegue intelectual colectivo que llevó hasta ese modelo matemático, a partir de las ideas de Pitágoras, Tolomeo, Copérnico, Kepler y finalmente Newton. ¿De lo concreto a lo general o a lo mental? Nada más inexacto.
El punto de partida del esfuerzo colectivo que lleva a la Teoría de la Gravitación Universal arranca en efecto de Pitágoras, que está convencido de que el movimiento de los cuerpos celestes responde a leyes matemáticas que pueden ser concebidas por la mente humana. Es decir, Pitágoras ya marca una camino “idealista” que después seguirá Platón, en el sentido de que el mundo exterior al observador debe concordar de algún modo con su interior.
Con esa misma mentalidad racional y racionalista, Tolomeo desarrolla en Alejandría su prodigioso modelo matemático que durante más de mil años sería la aproximación más perfecta a los movimientos de los planetas. Transcurrido el milenio, Kepler, a partir de la revolución copernicana, da un paso decisivo, formulando sencillas leyes matemáticas precisas que los planetas parecen obedecer escrupulosamente.
Newton conocía y entendía perfectamente esas tres leyes de Kepler, y conocía también el hallazgo de Galileo, que había descubierto que los cuerpos caen hacia la tierra con una aceleración constante, equivalente a incrementar su velocidad en 9,8 metros por segundo adicionales desde el inicio de la caída.
A partir de todo esto, a Newton le pareció que no tenía mucho sentido que los cuerpos del cosmos se moviesen conforme a unas leyes determinadas, las cuales, sin embargo, no afectasen a los cuerpos que están aquí abajo, en la tierra. Esta reflexión seminal es estrictamente racional, y se inscribe en el enfoque idealista de Pitágoras y Galileo. Se trata de una forma de pensar según la cual, de algún, modo, el Universo debe poder explicarse con sencillez, con coherencia, en conformidad a leyes matemáticas claras que el cerebro humano es capaz de concebir y crear. Es la misma forma de pensar, por cierto, del propio Einstein, cuando decía que Dios no juega a los dados y la expresó Galileo mejor que nadie al decir que “il livro della natura è scritto nella lingua della matematica…
Pues bien, a partir de esa intuición en el sentido de que la aceleración galileana de la caída de los cuerpos en la Tierra podría también ser la misma que la que rige el movimiento kepleriano de los planetas en el cosmos, Newton realiza un experimento mental–¡un experimento puramente mental!– que es portentoso por su sencillez y alcance y no muy distinto de los experimentos mentales que llevaron a Einstein a elaborar la Teoría de la Relatividad. Reitero hasta la saciedad lo de “experimento mental” porque es todo lo contrario a lo que nuestro preboste dice refiriéndose a esa falsa historieta de la manzana en la cabeza del joven Isaac y a esa empanada conceptual que relaciona el liberalismo y la ciencia con ir de lo “concreto a lo general”.
El experimento mental de Newton es sencillo de explicar. Imaginemos una pequeña luna que gira en torno a la Tierra a muy poca altura, apenas unos metros por encima de las mas altas cumbres de las montañas. ¿Cuánto tiempo tardará esa pequeña luna en girar en torno a la Tierra? Para responder a esa pregunta Newton tuvo en cuenta lo que Kepler había demostrado, esto es, que hay una relación entre el radio de una órbita y su período de revolución. Como por otro lado se conocía bien el radio de la órbita de la Luna auténtica (desde Hiparco se sabía la distancia a la Tierra de la Luna) y su período de revolución de (28 días, como todos sabemos), bastaba hacer una regla de tres para llegar a la conclusión de que la pequeña luna del experimento imaginario de Newton tardaría tan solo 1 hora y media en dar cada vuelta a la Tierra.
Ahora bien, y este es el salto conceptual final del genio de Newton, esa luna imaginaria está sometida a las mismas fuerzas de atracción que hacen caer a los cuerpos en la Tierra. Al fin y al cabo, hemos dicho que apenas va un poco por encima de las cumbres. Por lo tanto, se podría plantear la hipótesis según la cual, en realidad, su movimiento rotacional sería una especie de caída permanente hacia el centro de la Tierra, como una bala de cañon que sale con tanta potencia como para estar continuamente eludiendo la caída al suelo, debido a la esfericidad de la tierra. ¿Cuál sería–pensó Newton–la aceleración que debería tener esa luna imaginaria para que hacer posible su movimiento perenne en torno a nuestro planeta y explicar por tanto el movimiento orbital. Para responder a esta pregunta Newton hizo unos sencillos cálculos aritméticos (sabiendo que la aceleración es igual a la velocidad al cuadrado dividida por el radio orbital) y llegó a la conclusión de que todo encajaba si esa aceleración era precisamente…¡9,8 metros por segundo al cuadrado! ¡La misma aceleración que calculó Galileo para unas imaginarias bolas de billar cayendo de la Torre de Pisa…Era asombrosa esta coincidencia y solo podía significar que el movimiento gravitatorio de los planetas era universal en el sentido de que coincidía exactamente en causa y forma con el de los cuerpos en la Tierra. El hallazgo genial de Newton no está tanto en la gravedad misma, que era algo banal, como en su carácter universal que da un sentido de orden racional a todo el cosmos observable.
Sí. Así es, a partir de un experimento mental, como nació la Teoría de la Gravedad Universal, y como vio la luz la conocida fórmula que relaciona la atracción de los cuerpos, que nos indica que esa atracción es directamente proporcional la multiplicación de sus masas e inversamente proporcional al cuadrado de su distancia (un razonamiento que se deriva también con suma sencillez del experimento mental mencionado).
A mí todo esto me parece que es fascinante. Por eso, me he indignado un poco cuando he visto al preboste decirle a los estudiantes eso de que la manzana cae en la cabeza de Newton y que Newton se inventa su Ley, “yendo de lo concreto a lo general“. Esto es una lamentable simplificación y, por añadidura, un error conceptual enorme, que ni siquiera es perdonable teniendo en cuenta que la formación del actual gobernante es eminentemente humanística. Mi convicción es que quien tiene un doctorado sería conveniente que conociese, al menos superficialmente, las grandes claves de la Historia de la Ciencia, aunque su tesis doctoral fuese, pongamos por caso, la distribución territorial de las mastabas en el desierto durante el gobierno de Senerefu, al comienzo de la IV Dinastía de Egipto. Y si no conociese esas claves, debería simplemente abstenerse el preboste de hablar al respecto.
Lo que ocurre es que, según me parece, los políticos de nuestro tiempo son como los tertulianos de la radio y esos malos escritores a los que Jardiel Poncela se refería: se ponen a hablar, no tienen nada inteligente ni cierto que decir y…siguen.
Es la Ley de la Mistificación Universal.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s