Durante estos días de confinamiento mis amigos se han cruzado continuamente mensajes planteando pequeños desafíos de ingenio, como el que aquí reproduzco.
Es indudable que la ansiedad o incluso el miedo se puede combatir muy bien intentando resolver rompecabezas. Mientras piensas en el problema no piensas en otra cosa.
Un ejemplo legendario de esto que digo es el de un industrial alemán llamado Paul Wolfskehl. Este buen hombre, nacido en 1856, además de adinerado empresario era médico de profesión, y, por si fuera poco, también se había graduado en matemáticas, ocupando una plaza como Privatdozent en la Universidad Técnica de Darmstadt.
Al parecer Wolfskehl era un romántico incorregible. Y, mira por dónde, la mujer por la que bebía los vientos le dio calabazas. Así que decidió suicidarse. Pero, como buen teutón, decidió hacerlo de forma metódica y bien calculada. Fijó un día y hora concretos para decirle adiós al mundo cruel.
Cuando llegó la fecha elegida, Wolfskehl se encerró en su biblioteca, redactó minuciosamente su testamento y, hecho esto, se dispuso a esperar el momento final. Para matar el tiempo, tomó un libro al azar de un estante. Resultó ser una obra sobre el Último Teorema de Fermat, es decir, la célebre conjetura que el jurista francés– y matemático dilettante del XVII–enunció en uno de sus escritos y para la que dijo haber encontrado una demostración «maravillosa, pero demasiado larga como para incluirla». La conjetura, es de una sencillez endiablada pero durante siglos, nadie consiguió probarla. Recordémosla: «no existen tres números enteros positivos que cumplan la relación de ser la potencia de uno de ellos la suma de los otros dos elevados a la misma potencia, salvo el caso de que la potencia sea 3, 2 o 1.»
Wolfskehl conocía muy bien esta conjetura. Pero por alguna razón, en aquellos instantes de espera y con el libro en la mano, le dio por pensar en alguna vía de solución no concebida hasta el momento. Y, mira por dónde, dándole vueltas al tema, se le olvidó que debía suicidarse.
No solo eso. En realidad, en ese momento cambió su vida. Tal vez llegó a la conclusión de que las matemáticas podían superar en belleza a la más atractiva de las amantes. Con ciertas ventajas sobre ella. El caso es que a partir de aquel día siguió entregado en cuerpo y alma a la Teoría de Números y, aunque no consiguió, ni mucho menos, probar la conjetura de Fermat, decidió instituir un premio económico para quien lo consiguiese. Y resulta que ese premio fue el que un siglo más tarde contribuyó a incitar a Andrew Wiles, de Princeton, a trabajar en el asunto y conseguir finalmente la resolución mediante un ingenioso recurso a las ecuaciones elípticas. De modo, que, en cierto modo, Wolfskehl sí consiguió descifrar el misterio que salvó su vida, aunque de una forma y en un tiempo que no pudo imaginar.
A mí esta historia (que para algunos tiene algún componente de leyenda) me recuerda a las Mil y una Noches. El sesudo teutón me parece la perfecta versión germánica de Sherazade. Me confirma que, a la muerte y al miedo, el hombre siempre podrá oponer una buena historia o un buen rompecabezas.
En ambos casos hay algo muy genuinamente humano.
Porque como especie, no somos, en última instancia, sino contadores de cuentos y solucionadores (con suerte) de puzzles.

P.D. Por cierto, si alguien se rinde y desea conocer la solución del problema arriba reproducido, le informo que la respuesta se puede hallar imaginando tres triángulos superpuestos, uno grande, otro mediano y otro (el de arriba) pequeño. Cada uno de esos triángulos ofrece 6 casos, así que la respuesta correcta es 18. Si acaso tú tienes, amable lector, al igual que Wolfskehl pensamientos oscuros respecto a tu existencia, te reto a que encuentres la fórmula general que permite resolver este tipo de problemillas de triángulos. Si te rindes, no dudes en enviarme un comentario y te diré el sencillo algoritmo de cálculo, que no es demasiado difícil de obtener mediante inducción, tan solo teniendo en cuenta el número de líneas oblicuas y el de líneas horizontales y utilizando la fórmula de los números combinatorios.

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