Al igual que no se debe hablar si no es para mejorar el silencio, no procede publicar nada si lo que se va a escribir no mejora lo que se acaba de leer.
Y yo acabo de leer esta mañana una deliciosa oración laica que ha escrito Paolo Rumiz, pensando en estos tiempos de tribulación. No me he resistido a traducirla y me parece que no escribiré ninguna otra cosa en el día de hoy. Simplemente porque no seré capaz de escribir algo que mejore lo que a continuación transcribo.

Librémonos

De la loca carrera que te atrapa y de creer que el tiempo
es dinero solamente; de la codicia de lo superfluo;
de la tiranía de las cosas, que nos aleja del Hombre;
del espejismo de pensar que poseer es ser feliz.

de la indiferencia hacia el árbol, las flores o la lagartija, de creer
que la tierra madre es una vaca a la que ordeñar hasta vaciarla
de la manipulación de la naturaleza y de la ingenuidad de pensar
que el genio, una vez perturbado, podrá quedarse en la lámpara

de la inflación indecente del Yo, de olvidarnos que existe
también el Nosotros y que sin él no existe país ni nación
de la la tentación de cambiar libertad por seguridad,
del instinto brutal de quien se toma la justicia por su m
ano

de la tentación de ser súbditos y doblar la espalda
de la resignación que impide la lucha; del miedo
a imaginar lo que es posible; de temer el fin del mundo
mas bien que ansiar el fin del consumismo y del saqueo

de la Bestia que se lanza contra el distinto
del miedo de responder al violento con palabras duras;
del gritar “asesinos” a los médicos para luego
aplaudirles como héroes; del abuso de la palabra “guerra”
que nos hace creer que el mal nos llega siempre por los otros

de la tentación de creer que solos es mejor y que Europa
es más bien una rémora, no unas manos que se juntan
del desamor por la patria y la fuga a paraísos artificiales,
de descargar el desastre otra vez sobre espaldas de mujeres

de la blasfemia de usar a Dios para absolver y santificar el latrocinio;
de la tentación de usar la Cruz contra los cristos infelices
de pensar que no estamos todos en la misma patera
y de la presunción de creer que no seremos nunca pobres o migrantes

de callar ante la muerte, juzgándola indecente
del desprecio por las manos arrugadas y la frente con sudor
de ignorar a quien, callado, nos provee del alimento
de la falta de respeto hacia quien sirve a lo público
ya se trate de un maestro o un basurero

de la sumisión a lo virtual que oculta la vida y roba
el gozo del encuentro; de la impaciencia que ni escucha ni tolera;
del estruendo que aturde y mata el regalo del silencio
que es el padre de la armonía y la creación

de la renuncia a darle tiempo a los hijos y a educarles
con ejemplos, dignidad y buenas narraciones;
de la marginación de los viejos, guardianes del pasado,
de la explotación de los jóvenes y el desprecio a quien los forma

de negar que somos frágiles y negar los propios límites
que nos harían sabios de aceptarlos
de no darle valor a lo sutil y a lo pequeño
de creer que la felicidad es un derecho,
siendo así que sonreir es el deber
que tenemos hacia el Mundo
.

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