Cuando una persona normal comprueba que ha metido la pata, suele reconocer que ha metido la pata (no siempre). Pero cuando es un preboste o prebostillo el que la mete, y lo hace en público, lo que suele decir es que ha sido un lapsus.
En realidad, esta muletilla del lapsus empeora mucho las cosas.
Porque lapsus solo puede entenderse en dos sentidos.
El primer sentido es el que recoge tradicionalmente el diccionario, es decir, lapsus es una equivocación involuntaria, al hablar o al escribir, cometida por descuido en la escritura (lapsus calami) o bien en la pronunciación (lapsus linguae). Este sentido nos remonta hasta el vergo griego βλαβομαι, con el significado de hacerse daño por una caída, tropiezo o desliz. Tenemos herederos en español de ese interesante verbo griego, a través, claro, del latín, como es el caso de nuestro “lábil“, por ejemplo, que denota algo escurridizo o que se desliza fácilmente. Y, obviamente el ascendente directo de nuestro abusado lapsus es el participio pasivo del verbo latino labo, que, como era de esperar, tiene, entre otros significados, el de caer o deslizarse. Virgilio, por ejemplo, usa así este verbo en la Eneida, en una bella metáfora que alude a la forma en la que los años se van deslizando, tambaleándose y desfalleciendo, debido al inexorable paso del tiempo: lustris labentibus aetas…
El segundo sentido de lapsus es el que se deriva de la teoría psicoanalítica, es decir, un lapsus viene a ser un acto fallido que revela lo que nuestro subconsciente realmente siente, y por lo tanto lo que en realidad queremos, sentimos o pensamos, mas allá de lo que alcanzamos a decir o aparentar.
Aplicar el primero de los anteriores sentidos a las grandes meteduras de pata de los prebostes en sus discursos o ruedas de prensa, (como ha ocurrido recientemente en un sonado caso protagonizado por ponente adornado de imponentes entorchados) es muy injusto con el congruo sentido de las palabras. Esas meteduras de pata que el infeliz orador o ponente se apresura a calificar como lapsus no son casi nunca errores de dicción, sino simple y llanamente inconveniencias. Inconveniencias correctamente expresadas. Vulgo meteduras de pata. No lapsus.
Aplicar el segundo sentido de lapsus, es decir, acto fallido, es aún peor, porque revela que una cosa es lo que tiende a decir el preboste y otra cosa es lo que de verdad piensa. Hablar de lapsus en estos casos viene a ser dejar claro que hay doblez, ocultación o hipocresía en el sujeto.
En fin, que en cualquiera de las dos posibles acepciones que consideremos, calificar una metedura de pata como un lapsus, sería solo correcto en un forzado y estricto sentido etimológico, es decir, aludiendo al mencionado verbo latino labo para expresar un cierto desfallecimiento de la razón, un tambaleo de la lógica, un deslizamiento fatal hacia aquello que no es oportuno decir.
Fuera de este sutil sentido filológico, que me extrañaría en nuestros ignaros prebostillos, llamar lapsus a lo que se está viendo que es una simple metedura de pata es echar albarda sobre albarda y añadir una segunda y esclarecedora metedura de pata que se acumula a aquella previa que se pretende excusar. Aún siendo así, creo que seguiremos viendo este vicio y esta torpe muletilla de los prebostes cada vez que incurran en inconveniencia. Lo seguirán haciendo por los siglos de los siglos…lustris labentibus aetas, que diría el laureado vate mantuano.

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