Le digo a Marta que estoy leyendo el recientemente aparecido libro de memorias de Woody Allen , y que me está encantando. Es brillante, ameno, hilarante, enriquecedor…
Marta me mira extañada y me dice que es cuestionable que me guste tanto lo que escribe ese monstruo de depravación, ese tipejo que ha incurrido en el horror de molestar a una de sus hijas y seducir a una hija de su pareja.
Pues no sé. Para empezar, creo que es perfectamente posible admirar una obra artística (o en general cualquier creación intelectual del hombre) haciendo abstracción de los valores morales que pueda o no lucir su autor.
La admiración por el edificio sede de Naciones Unidas en Nueva York, por ejemplo, no tiene por qué verse afectada por saber que el arquitecto que la diseñó fue un fascista redomado que no dudó en aceptar el encargo de rehacer el barrio judío de Marsella, al servicio de Vichy, tan pronto los nazis se llevaron de allá a los hebreos hacia la muerte en los crematorios. Es solo el primer caso que se me ha venido a la cabeza.
En literatura (o cine, o en música) la cuestión es aún más clara. Porque cuando el autor introduce el elemento moral en su obra artística literaria, musical o cinematográfica, eso suele ser garantía de una creación mediocre o decididamente mala. El arte no es moral ni inmoral. Es simplemente arte. O a lo sumo es moral, porque con independencia de los vicios o virtudes del autor, el arte suele hacernos mejores.
Por eso, yo no entro en juzgar si son o no ciertas las terribles acusaciones que se han hecho contra Allen. Al extremo, me permito ponerlas en cuestión (de hecho en Apropos of Nothing aparecen nuevos argumentos muy sólidos para hacerlo). Hay algo que no encaja si alguien que es tan incapaz de controlar sus impulsos como para incurrir en la abominación de hacerlo con sus propios hijos, no lo haya perpetrado también en otros casos, lo que sin duda habría hecho aparecer otras muchas acusaciones, especialmente tratándose de una personalidad; lo que no ha ocurrido.
Da lo mismo. Lo que rechazo, con toda convicción, es la persecución inquisitorial contra las obras de un artista genial. Hachette se ha negado a publicar las memorias de Woody Allen, pero no ha dudado en convertir en un bestseller la autobiografía de Joey the Hitman, un asesino mafioso de la peor especie. Algo va muy mal cuando pasa esto. Y hay que comprenderlo en clave de hipocresía, neopuritanismo y estrategias puramente comerciales.
Déjame evocar algunos nombres a vuela pluma.
Baudelaire era un putero y un colgado de las drogas. Jardiel era un narcisista donjuan, implacable seductor serial que no dudaba en destrozar emocionalmente a sus víctimas, algo parecido a lo que hacía Lope de Vega. Cervantes, que tuvo no pocos y variados problemas con la justicia, fue rescatado de Argel con dinero del prostíbulo que tenían montado sus dos bellas hermanas y al parecer siguió beneficiándose del fructífero negocio una vez devuelto a España. Cela fue censor al servicio del franquismo. César González Ruano era una hiena que ofrecía ayuda a los judíos que huían de los nazis para delatarlos después a la Gestapo y hacerse con su patrimonio. Frank Capra era un chivato al servicio del FBI. Miguel Angel era un ávaro sin piedad. Caravaggio cometió algún asesinato que otro. Apollinaire era cleptómano sin remedio. Picasso maltrataba a sus incontables mujeres. Rodín martirizaba sin piedad a sus joven amante. Ezra Pound era un fascista declarado. Quevedo era perseguidor de judíos e informador del Santo Oficio. Céline fue un perverso colaboracionista con los nazis. T.S.Elliott fue un furibundo antisemita, al igual que Chesterton o Virginia Wolf. Chateaubriand era asquerosamente racista. Dostoievsky fue un ludópata empedernido y un experto en sablazos que jamás devolvía. Gauguin era racista y seguramente abusó de menores en Polinesia. Rimbaud fue (un tiempo corto) tratante de esclavos, y a él casi lo asesina con un disparo que debió ser mortal su despechado amante Verlaine. Nabokov fue posiblemente un pederasta (acaso tan solo un pederasta frustrado) al igual que Lewis Carroll. Y la lista sería interminable.
Todo eso que se dice de ellos es cierto. Pero nada de eso puede poner en cuestión las obras que crearon. Nada de eso pone en cuestión a Las Flores del Mal. O a Eloísa está debajo de un Almendro. O a Fuentevejuna. O a El Quijote. O a La Familia de Pascual Duarte. O a Ni César ni Nada. O a Mr. Smith Goes to Washington. O a la Capilla Sixtina. O al Martirio de San Andrés. O a las Tetas de Tiresias. O a La Mujer de Azul. O a ese sublime Beso en mármol, que el escultor hizo nacer inspirándose en la tragedia del romance de Paula y Francesco (canto V). O a Cathay. O al Buscón. O al Viaje al Fin de la Noche. O a La Tierra Baldía. O al Hombre que fue Jueves. O a la Señora Dalloway. O al Genio del Cristianismo. O a las Memorias del Subsuelo. O a Mata Mua. O A Una Temporada en el Infierno. O a Fiestas Galantes. O a Ada o el Ardor. O a Alicia.
En fin, los ejemplos de obras maestras creadas por autores cuya moralidad se podría poner, si queremos, en cuestión son tantos y tan notables que a uno le sobreviene el muy turbador pensamiento sobre la posible incompatibilidad entre la altura moral y el proceso creativo…Prefiero no pensarlo.

Un comentario en “A propósito de nada.

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