Recibo esta tarde un comentario al hilo de lo que he ido escribiendo sobre la lucha contra la pandemia. Mi amigo y sufrido lector me dice que es escalofriante que nuestra única forma de luchar contra el virus sea la de esperar a que este enemigo no tenga ya posibilidad de expandirse, por haber aumentado hasta un punto crítico en el sistema el número de posibles huéspedes removidos, es decir, muertos o encerrados (o inmunizados por haber sufrido el contagio).
Pues sí, en esto vemos un ejemplo más de cómo la especie se las arregla para sobrevivir sacrificando sin piedad al individuo.
He aquí una ley inexorable de la naturaleza.
La misma idea de nuestra muerte personal, al cabo de unos pocos años de vida, no es sino una eficaz solución evolutiva para que la especie se vaya adaptando a sus amenazas biológicas. Sin muerte del individuo, tras su debida reproducción, la especie se extinguiría muy pronto. La muerte convierte a la especie en un blanco móvil frente a los enemigos biológicos.
Y en realidad, con respecto a los virus, ese mismo proceso de sacrificio de la parte por el todo se da en cada uno de nosotros.
Los virus puede verse como una especie de extraños robots sin vida que apenas son un poco de grasa y proteínas envolviendo un plan de trabajo que está inscrito en las hélices de una pizca de ácidos nucleicos. De acuerdo con ese plan de trabajo que llevan en su interior, cuando se encuentran en proximidad de una célula sana, se fusionan con ella y utilizan la maquinaria biológica de esa célula para duplicarse vertiginosamente, destruyendo así a la célula cuyos componentes han utilizado.
Pero lo fascinante es que es si el sistema inmunitario funciona bien, la célula atacada por el virus, tan pronto siente que comienzan los virus a «hackearla», envía un mensaje de alerta para que acudan células T y la destruyan, haciéndole un poco la vida más difícil a los virus atacantes (a veces este proceso «profiláctico» se descontrola y estamos ante la famosa y fatal tormenta de citoquinas, que son las inductoras de las células T «asesinas»),
Así que lo de arriba es como lo de abajo. Esas células T asesinas defienden la supervivencia del individuo al aniquilar las factorías que hacen posible la expansión del virus, es decir, al eliminar las propias células afectadas del individuo.
Hay algo de profundo hermetismo en este martirio final al que se someten voluntariamente las células afectadas por el virus. Y ese sacrificio que protege la vida viene a ser tan solo otro ejemplo misterioso de ese entrelazamiento entre la vida y la muerte que me evocaban las lombrices de tierra en mi paseo de esta mañana…
En fin, puede que en nuestro mundo primen a veces los derechos del individuo frente a los intereses del colectivo.
Pero esto no ocurre jamás en biología.
En la Naturaleza el individuo no es nada,
En la Naturaleza el sistema, el organismo, la especie, lo es todo.

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