Salgo a pasear con Mao bajo la lluvia, justo al amanecer. Y veo el suelo, frente a la puerta, lleno de lombrices. Nunca he visto tantas como estos días. Quizá sea otra consecuencia de la tregua que hemos firmado los humanos con la Naturaleza, durante estos interminables días de cuarentena. Una tregua que produce también, entre otras cosas, el milagro de los buitres que planean sobre la dehesa cada mañana y que me dejan durante largos instantes con la boca abierta, mirando al cielo y fantaseando con que les acompaño en su vuelo majestuoso.
Dicen que las lombrices son criaturas beneficiosas. Fascinaban a Darwin, sí, pero a mí me evocan la muerte y las vísceras sin vida. Los griegos las llamaban «intestinos de la tierra«, esto es, ges entera. Nico, nuestro húesped y amigo siracusano me dijo ayer, mientras volteaba la masa de una pizza para el almuerzo, que allí llaman a las lombrices kasentaros. Es obvio que esa denominación siciliana es una deformación de esa siniestra expresión usada antaño para referirse a las lombrices en la Magna Grecia. Y también hay algo inquietantemente visceral en nuestra forma de llamarlas, derivada en última instancia del latín umbilicus, a través del dialectal emiliano l’umbricus, por su evidente semejanza con el cordón umbilical.
Mientras camino de vuelta a casa, y resonando en mi mente la idea del cordón umbilical, caigo en la cuenta de que acaso las lombrices, no deberían simbolizar la muerte, sino la vida. La tierra muere y renace una y otra vez a través de los cuerpos de estas criaturas. Hay por tanto algo del mito de la creación en su incansable labor generadora de fértil humus. Porque esa destrucción que llevan a cabo las lombrices es la que al cabo conserva y facilita la vida. Destrucción y construcción entrelazadas. Pulsión de vida y pulsión de muerte encapsuladas en el silencioso anélido. Extinción y resurrección en perfecta síntesis biológica y filosófica. Me quedo con esta idea, quien sabe si profunda o tonta, que las lombrices me regalan, en esta mañana de un extraño Viernes Santo de soledad y tristeza.

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