La pandemia no solo nos ha hecho a todos un poco comunistas (pues de repente lo ciframos todo en el poder del Estado) sino también un poco matemáticos, pues andamos todo el día a vueltas de no se qué sobre el necesario «aplanamiento de la curva» y no se cuánto sobre la inminente (o no) llegada del ansiado punto de inflexión.
Hay algo de siniestro en esta visión tan meramente matemática y cuantitativa de lo que está siendo una tragedia humana inconmensurable.
La curva de casos se aplana porque el virus va teniendo cada vez menos huéspedes en los que cebarse, dado que han muerto o están encerrados. Así de simple. Y así de terrible. Y el punto de inflexión se avecina, en la medida en que, debido a lo anterior, el número de personas que contagia cada afectado se aproxima a un valor inferior a 1, lo que implica un freno y una consiguiente reducción de la expansión de la enfermedad-
El concepto de punto de inflexión ya se había popularizado últimamente gracias un librito de
Malcolm Gladwell del que yo no he conseguido pasar del primer capítulo. Pero allá por los años en los que que este más bien mediocre maitre à penser de yankeelandia era un niño, la noción de «tipping point» se popularizaba en el seno de la sociedad estadounidense. Fue con ocasión de la Guerra del Vietnam. El secretario de Estado de aquellos tiempos, McNamara, era el gran promotor de la funesta «escalade» bélica. Para este tipejo, expresidente de la Ford y obsesionado por la cuantificación de todos los procesos, había que seguir aumentando el contingente militar en el país asiático justo hasta que el número de vietcongs muertos fuese mayor que el número de vietcongs repuestos. Eso sería el tipping point que llevaría a la bandera de las barras y estrellas a la victoria final.
Nunca llegó ese tipping point, como sabemos. Y Estados Unidos perdió su absurda guerra en el lejano oriente, dejando atrás cientos de miles de jóvenes muertos por una causa incomprensible.
Pero McNamara, cómo no, fue premiado por haber promovido el colosal desastre de la escalada militar. Le nombraron en 1981 Presidente del Banco Mundial. Allí siguió dando la lata y produciendo desastres con sus tipping points, sus policy analysis y otras zarandajas pesudomatemáticas.
McNamara tenía fama, en su tiempo, de tener un coeficiente intelectual elevadísimo. Puede ser, pero alguna de sus muchas meteduras de pata no parecen confirmarlo. En una ocasión, durante una estancia en Saigón, ante una multitud, le dio por repetir unas palabras que había pronunciado el orador anterior, un general vietnamita, enfervorizando a las masas. ¡Vietnam muôn nàm!, es decir, ¡Vietnam diez mil años!
¡Vietnam muôn nàm, Vietnam muôn nàm!, repitió McNamara una y otra vez ante el micrófono, subiéndose arriba con los brazos alzados.
Pero la mano derecha de Johnson no tuvo en cuenta que en vietnamita, como en chino, cuenta mucho la entonación de las palabras, pudiendo significar cada vocablo hasta cuatro cosas diferentes según el tono con el que se pronuncia. Y ocurre que lo lo que estaba diciendo, dado el tono, era exactamente: «el pequeño pato quiere recostarse«.
Como decía mi pobre madre cuando yo hacía alguna tontería…»¡Y eso que este era el listo«!

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