Durante los dos años iniciales de la Primera Guerra Mundial, la abrumadora superioridad tecnológica alemana estaba inclinando la balanza hacia las potencias del Eje, cuyos regimientos, bien atrincherados sobre territorio belga y francés parecían dispuestos a dar el golpe final de un momento a otro.
Los estrategas del Reino Unido pensaron que necesitarían un arma nueva y decisiva para traspasar las trincheras y las alambradas del enemigo. Surgieron entonces los diferentes proyectos ingleses de carros de combate. La idea era muy buena, pero muy costosa también. Hacían falta grandes recursos para desarrollar los prototipos.
El gobierno británico planteó una especie de competición entre las grandes ciudades del Reino Unido. Aquella cuyos ciudadanos aportasen más donaciones al gobierno para fabricar los tanques sería la elegida para la instalación de las nuevas factorías. Aunque todas las grandes ciudades apoyaron como un solo hombre al gobierno, quien resultó ganadora fue la industriosa Glasgow. Y allí comenzó la producción de estos nuevos ingenios bélicos.
Aquellos tanques que salieron de las fábricas Glasgow, en su versión más perfeccionada, fueron los que permitieron al ejército aliado asestar una derrota clave a la infantería alemana en el verano de 1918. Con ello, la suerte de Alemania quedaría echada y el armisticio no tardaría en llegar.
Una vez concluida la guerra, como suele ocurrir, la tensión social y laboral se encendió por todas partes. También, por supuesto, en Glasgow. Los ciudadanos ocuparon las calles exigiendo trabajo, salarios justos y control de los precios.
¿Cuál fue la reacción del gobierno inglés? Pues fue mandar de vuelta a los tanques a Glasgow, pero esta vez para intimidar a las masas de sindicalistas en rebelión. Y, sin disparar un solo obús, fueron tan eficaces con aquellos manifestantes como lo habían sido unos meses antes aplastando las alambradas del Somme. Irónicamente, la misma ciudad que hizo posible la producción de los tanques para impulsar la victoria militar, los padeció después como herramienta de represión.
Hoy, algo más de un siglo después, los ciudadanos apoyan y aplauden todas las medidas de control y restricción de libertades que la pandemia parece exigir. También están dispuestos a aceptar e incluso apoyar, como un solo hombre, el nuevo modelo de control y vigilancia tecnológica de cada ciudadano que se va imponiendo, violando derechos ganados a lo largo de siglos y las más elementales normas de respeto a la privacidad del individuo.
Pero cuando termine esta especie de guerra mundial sanitaria, todo ese tinglado no será fácil que se desmonte. Subsistirá mañana todo aquello que el miedo colectivo ha permitido levantar hoy. La vida recomenzará, sin duda, pero el control y la vigilancia permanecerán.
Cuando la Humanidad firme el armisticio con el virus, los tanques, ay, volverán a Glasgow. Y se quedarán allí. Siempre ocurre.

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