Con ocasión de esta crisis que estamos viviendo, con los profesionales de sanidad sacrificándose como héroes en medio de una espantosa batalla, se estigmatiza el concepto de virus. No puede ser de otra forma. Es el villano a batir. Como sea.

Hablamos de esta estigmatización Marta, Danny, Nico y yo, mientras desayunamos en el jardín, bajo un cielo azul limpísimo.

Yo les digo que los virus son también un factor clave en la ecología de la Tierra.

Les comento que los virus mueven el DNA entre especies, proporcionan nuevo material genético para la evolución, regulan las poblaciones de los organismos vivos…

Todas las especies, desde las bacterias hasta los grandes mamíferos, están influidas por las acciones de los virus. Y esas acciones no son necesariamente destructivas.

Los virus mantienen el equilibrio del clima, del suelo, de los océanos y las masas de agua dulce. Somos nosotros quienes alterando ese clima, ese suelo, esos océanos y esas masa de agua, rompemos el equilibrio con los virus, desencadenando así terribles tragedias.

Los virus pueden asfixiarnos ciertamente, como les está ocurriendo a tantos enfermos en las UCIS. Pero no es menos cierto que también producen la mayor parte del oxígeno que respiramos, y que controlan el termostato del planeta.

Lo que somos nosotros, y cualquier otra criatura de la tierra, es el resultado de la acción de los virus. No se conoce bien cómo comenzó la vida en nuestro planeta, pero parece difícil concebir que ese comienzo no lo protagonizasen de algún modo los virus.

Una buena parte del DNA que existe en nuestro organismo proviene de los virus. El genoma humano está compuesto en alguna medida por miles de virus que infectaron a nuestros antepasados remotos. Como media, tenemos 174 especies de virus diferentes en los pulmones.

El encuentro de la ciencia con los virus se produjo a consecuencia de una enfermedad de los vegetales: la plaga del mosaico de la planta del tabaco. Fue a mediados del siglo XIX. Esa enfermedad parecía inexplicable, pues las bacterias aisladas a partir de las plantas afectadas no parecían dañar a otras plantas. Mas tarde, un científico holandés llamado Martín Beijerink usó un filtro finísimo de porcelana y consiguió aislar el fluido que resultaba responsable de la enfermedad. Un fluido compuesto por entes mucho más pequeños que la más pequeña bacteria. No supo cómo llamar a esos entes, así que recurrió a una palabra latina que significaba al menos tres cosas a la vez: fluido vital, semen y veneno. Así nació la palabra virus aplicada a esas extrañas “cosas”que no eran ni animales, ni plantas, ni bacterias, ni hongos. ¡Ni tampoco meras sustancias químicas inertes!

A primeros del siglo XX la ciencia aprendió a identificar muchas variedades de virus, y a cultivarlos en discos Petri. Pero lo que no consiguió en esos años la ciencia es entenderlos y comprender su naturaleza. Nadie se ponía de acuerdo en si eran seres vivos o no. Resultaba imposible definirlos, entre otras cosas porque resultaba imposible visualizarlos. Siendo normalmente el tamaño de los virus apenas una quinta parte de una millonésima de metro, el ojo humano no podía percibirlos de ninguna manera, ni siquiera con el más poderoso microscopio óptico que se pudiese construir. Puesto que el ancho de banda mínimo de la la luz visible es aproximadamente el doble de grande que los virus, estos simplemente “escapan” a la luz; no pueden ser “iluminados.” Solo con la llegada de los microscopios electrónicos a finales de la década de los 30 del siglo XX se consiguióp por fin tener imágenes indirectas de la estructura de los virus.

Por aquellos años de entreguerras, un científico norteamericano logró hacer crecer los cultivos de virus hasta conformar estructuras cristalinas hechas únicamente de virus. Estas estructuras permanecían estables , como un simple mineral, hasta que se les añadía agua. Entonces, parecían cobrar vida y volvían a ser capaces de infectar otros seres vivos. Observando como estas estructuras cristalinas se activaban con el agua, se hacía manifiesto el colosal enigma de la naturaleza de los virus.

Hasta 1936, se pensaba que los virus estaban compuestos simplemente de proteínas. Solo por esos años se descubrió que en la composición de los virus, además de las proteinas, entraban los ácidos nucleicos, aproximadamente en proporción de un 5 por ciento. Este material genético, es decir, DNA o RNA, aporta al virus la capacidad de autorreplicarse y de planificar su comportamiento y su relación con las células vivas, haciendo posible el desencadenamiento de los procesos infecciosos virales. En base a esto hay que comprender que algún científico haya definido un virus como un montoncito de proteinas, con muy malas noticias en su interior…

Cada célula de un ser vivo como el hombre incluye millones de diferentes moléculas que sirven a esa célula, como si fuesen herramientas, para percibir su entorno, movilizarse, conseguir “alimento”, crecer, multiplicarse o incluso suicidarse en beneficio de otras células del organismo. Los virus no tienen nada eso, pero son capaces, gracias a sus ácidos nucleicos, de asaltar a las células con las que se encuentran y apoderarse de sus “herramientas” para sus propios fines reproductivos y expansivos. Los virus son verdaderos “hackers” que inyectan sus genes y sus proteinas en las células que asaltan y las manipulan para conseguir con sus recursos reproducirse y crear millones de copias de sí mismos.

Esta naturaleza de “hackers” epitomiza la dualidad de los virus. Pueden ser asesinos, y de hecho lo son. Pero son también un jugador esencial en el partido de fútbol de la vida en la Tierra. Tal vez son, al mismo tiempo, el villano que nos atemoriza y el secreto profundo de la vida en el planeta.

En fin, les digo a los chicos, mientras terminamos los últimos pedazos del pastel que ha horneado Mercedes, que si lo que está ocurriendo nos ayuda a entender un poco mejor el misterio profundo de los virus, tal vez de paso nos ayude a apreciar mejor el misterio aún más profundo de la vida.

Y a respetarla algo más, cuando, como debemos esperar, esta terrible crisis deje paso al habitual confort e irresponsable conformismo de ese peligroso virus que es el propio ser humano.

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