Cuando una desgracia le sobreviene a una determinada parte de un grupo humano, se buscan causas dentro del mismo grupo humano. Pero cuando la desgracia afecta a la totalidad del grupo humano, no hay más remedio que buscar la causa fuera.
Esto hace que toda epidemia provoque la creación de un chivo expiatorio. ¿Cómo explicar si no que todos los miembros del grupo sufran el desastre, tanto los ricos como los pobres, tanto los buenos como los menos buenos…? Es evidente que la causa debe estar fuera. Hay que imputar el drama a “los otros”.
En la Edad Media, los culpables solían ser los judíos, por supuesto. A sus perversas habilidades envenenando las aguas o produciendo hechizos malignos que intoxicaban el aire había que atribuir todas las grandes pestilencias. Se daban episodios espantosos de venganza y xenofobia, como por ejemplo, la masacre de Erfurt en Alemania, en la que perecieron miles de judíos a los que se culpaba de la Peste Negra, allá por 1348. Las salvajes persecuciones contra los judíos de la península ibérica, pocas décadas después, fueron en buena medida una secuela del recelo contra los judíos portadores de la peste y acaparadores de los recursos. Y la expulsión que llegaría un siglo después no deja de estar relacionada con esos mismos recelos.
Pero este fenómeno de estigmatización del extranjero no es privativo de los europeos. Los manchures nómadas acusaban a los inmigrantes chinos de no respetar el tabú de comer marmotas, por lo que se consideraba que esos inmigrantes eran los responsables de las terribles plagas (una de las cuales fue la que llegó a Europa y dio origen a la peste negra, ciertamente). Los tamiles indios que trabajan en las plantaciones de Malasia eran acusados por la población malaya de provocar malaria y dengue, tan solo porque esos obreros tamiles no se veían afectados por esas dolencias (en realidad la causa era su tradición de no almacenar agua cerca de sus viviendas, lo que evitaba el desarrollo de mosquitos). Los aztecas acusaban a los conquistadores españoles de la peste de viruelas (y en este caso, mira por donde, tenían razón, pues los españoles tenían mucha mayor inmunidad frente a esta enfermedad y, de hecho, tan solo porque los aztecas estaban postrados por la viruela, los hombres de Cortés no fueron perseguidos y exterminados en la Noche Triste).
En coherencia con esta constante xenofóbica, muchas enfermedades, epidémicas o no, se han ido conociendo por su correspondiente gentilicio asociado: el mal francés, la mexican flu, la fiebre asiática, la polio argentina, la fiebre aviar de los coptos (así llamaba el gobierno egipcio a la H5N1 hace una década) o, por supuesto, la peor peste de todos los tiempos, la terrible gripe española que, por cierto, surgió en una localidad de Kansas (en el condado de Haskell) y fue expandida por los soldados norteamericanos que llegaron a Europa.
Ahora, en pleno siglo XXI se estigmatiza a los chinos por el dichoso covid 19 que, paradójicamente, han sido ellos los primeros en controlar. Y surge la leyenda urbana de que ha sido el gobierno chino su perverso creador.
Es, en cierto modo, como si el virus fuese una obra póstuma de Fumanchú, el malvadísimo personaje de tantas malas novelas y peores películas de mediados del pasado siglo. Fumanchú sintetizaba el miedo hacia todo lo que venía de China. Un miedo ancestral que tal vez hundía sus raíces en el pánico de los europeos frente a las hordas orientales que llegaban por las estepas, desde Atila hasta Gengis Khan, y que se alimentaba también de la propaganda extensiva de los británicos, para justificar su brutal intervención militar en China, a mediados del XIX, orientada a preservar el infame negocio imperial de estupefacientes. Y también hay que contabilizar el recelo xenofóbico de la sociedad norteamericana frente a la llegada de centenares de miles de trabajadores chinos al oeste de los Estados Unidos, a los que se imputaba que monopolizasen la ocupación laboral y aceptasen salarios muy bajos, lo que ocasionó la infamante Chinese Exclusión Act y otros muchos atropellos legales y administrativos contra aquellos ingenuos chinos que llegaban ilusionados al supuesto país de las oportunidades…
En fin, que ahora, por razones nuevas, se produce el retorno de Fumanchú. Y lo mismo florece una teoría conspiranoica contra no se qué laboratorio militar chino que se escucha a un político proclamar que sus anticuerpos españoles vencerán sin duda al maldito virus chino (sic), lo cual es ya el colmo de la memez jingoista. Hasta la administración Trump alimenta explicitamente la vinculación de China con el mal que nos afecta.
Sí. Fumanchú ha vuelto. Porque la estupidez siempre retorna, una y otra vez.
Como las epidemias. No se puede evitar.

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