El humor, en situaciones de crisis profunda, puede ser la respuesta del individuo que se niega a aceptar las molestias que le provoca la realidad; del individuo que no da autorización al mundo exterior para hacerle sufrir; del individuo que se empecina en que no le afectan las amenazas y traumas de la realidad, por terribles que parezcan.
Hay por tanto algo de humanísima soberbia en estos numerosos mensajes jocosos que nos llegan estos días de miedo generalizado. La soberbia vinculada al humor que ya intuyeron nada menos que Aristóteles, Hobbes o Freud.
El filósofo griego sostenía que el humor surge de un repentino sentido de triunfo que sobreviene con la súbita percepción de nuestra superioridad, en comparación con la inferioridad ajena.
El autor de Leviathan definía la risa como la gloria instantánea que nace de una concepción sobre nuestra propia eminencia, al compararla con la debilidad ajena o con nuestra debilidad previa.
Y el doctor vienés consideraba que los chistes y lo cómico, además de su fuerza meramente liberadora de tensiones, poseen algo de grandeza y elevación, representando el triunfo del narcisismo, la victoriosa aserción de la invulnerabilidad, la convicción de que incuso los traumas de la vida pueden ser ocasión para obtener satisfacción.
El humor no es resignado, sino rebelde, nos decía Freud. Y es el triunfo del principio del placer sobre el principio de muerte.
En cierto modo, el humor es un instrumento para escapar de la realidad que nos rodea, como lo pueden ser los alucinógenos, el alcohol o el éxtasis místico. El condenado a muerte que está en el paredón, al que le preguntan si quiere un cigarrillo y responde “no gracias, lo estoy dejando“, nos da un perfecto ejemplo de ese sublime instrumento de evasión de lo real que es lo cómico.
Debe haber algo muy profundo en esta vinculación del humor con la omnipotencia del individuo. Piaget decía que la primera experiencia de éxito cognitivo del niño se expresa con una sonrisa. Es decir, el primero de nuestros triunfos, cuando entramos en el mundo, se manifiesta sonriendo.
El humor es, en definitiva, la antítesis de la ansiedad. Y tal vez por ello usamos el humor para cancelar o atenuar el miedo indefinido o el pánico. El ser humano ha aprendido a reirse para defenderse ante la tragedia, tanto si es propia como ajena. El famoso experimento de Milgram, en el que unos voluntarios se prestaban a producir dolor en otros participantes, mostraba cómo los que impartían el sufrimiento reían sin control al ver el padecimiento controlado que producían. Y la antropología nos habla de numerosas tradiciones, desde Cerdeña a los Canaan, en los que el individuo rie de una forma ritual ante el sacrificio religioso de sus seres queridos o el suyo propio (un dato al vuelo, el hijo de Abraham cuyo sacrificio demanda Yahvé se llama Isaac, que significa…risa).
El humor es el gran disolvente del terror y las tensiones. Nos permite hacer frente a nuestros miedos más profundos, tanto si su origen es externo como interno.
En toda risa hay un elemento de catarsis. La experiencia de la comicidad tiene algo de purga o desintoxicación del alma aturdida y viciada por la ansiedad. También esto lo intuía Aristóteles.
Así que en estos días nos seguirán llegando incontables bromas y chistes por las redes sociales. Y su número será mayor a medida que la situación real se haga más seria. Porque el humor compartido no solo es una terapia frente al miedo, sino que además nos reconcilia con la tribu, refuerza nuestra unidad frente al desastre, fortalece los vínculos de complicidad con el prójimo.
Lo contrario del humor no es la seriedad, sino la realidad.
Por eso hoy, ante una realidad tan difícil, hay que dar la bienvenida a esas bromas, sutiles o ingenuas, que inundan ahora nuestros móviles. Y, si es posible, viralizarlas.
Mark Twain sostenía que el humor es la única arma efectiva de la raza humana frente a lo fatal o lo inevitable.
Yo añadiría el arte. Que también se puede y debe viralizar.

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