Hablo con una amiga sobre el peliagudo asunto del amor y sus condicionantes.
Me dice que a su juicio, el amor requiere de admiración mutua entre los miembros de la pareja.
Yo no estoy tan seguro. Creo que la admiración más bien la requiere el varón o quien asume ese rol. Y que esa necesidad de admiración es propia de la versión más oscura del amor, es decir, del amor narcisista, tal como lo describía Freud (acertó en esto, seguramente, el maestro de la sospecha, pese a no poder acreditar mucho conocimiento personal del amor, pues él mismo reconocía que la relación con su esposa estaba vacía de contenido, dado que él había dedicado toda su libido a la ciencia…).
El amor narcisista, el amor que requiere de grandes dosis de admiración viene a ser un eco de la añoranza que siente el varón adulto respecto a los remotos tiempos en que se sentía querido incondicionalmente por su madre. De alguna manera, siente culpa por no recibir del mundo el mismo afecto absoluto que recibía de aquella madre. Y, también de algún modo, esa persona se odia a sí misma por ello.
Pero un día, ese que añora su infancia en el regazo materno encuentra la pareja que le ve tal y como él quiere verse. Entonces el narcisista cree amar a esa persona que alimenta su colosal ansia de autoestima.
Pero en realidad no la ama. Simplemente ama en ella el reflejo de su propia imagen ideal.
La pareja del amante narcisista juega el papel del agua cristalina del estanque en el que para su mal se refleja el rostro de ese personaje mitológico llamado Narciso.Y mientras dura ese reflejo, el amante narcisista se encuentra en un estado de beatitud, como narcotizado (eso es lo que significa Narciso en griego).
Lo malo es que cuando el espejo se rompe, surge el rudo despertar del dulce sueño, y a menudo se desencadena la violencia.
Lo que me lleva a pensar que la violencia amorosa no debería llamarse así. Es más bien violencia narcisista. Nace a menudo de la pérdida brutal de autoestima. De la frustración por el espejo que se rompe de repente.
¿Es todo amor un amor narcisista? Ni hablar. Puede que el narcisismo esté presente en alguna medida como componente de toda relación. Pero hay un amor que no nos arrastra hacia ese tiempo infantil que añoramos. Hay un amor que que no convierte en instrumental al otro. Hay un amor que no busca en el otro un dócil colaborador de nuestra voracidad de autoestima.
Ese otro amor es un amor que no ama a quien refleja su imagen, sino que ama al ser más diferente diferente de uno mismo de todos los posibles seres. Ese amor no evoca la vida vieja del narcisista, sino la verdadera vida nueva (la Vita Nuova de Dante y Beatriz) que se abre a los amantes, y que les ofrece todo un mundo diferente a lo vivido hasta el momento. Ese es el milagro del amor.
En ese amor que no se ama a sí mismo, la admiración mutua puede existir, pero no es esencial ni está sobredimensionada. El verdadero amante conoce los defectos del otro, pero incluso los puede llegar a amar, sin dejar de ser consciente de ellos.
No se si era Lacan o Badiou quien decía que la medida del amor es la medida de los defectos que podemos tolerar en nuestra pareja.
Por contra, quien es víctima de un amante narcisista se ve obligado a negar todo defecto del otro, a riesgo de romper el espejo que al otro le narcotiza. Y pagar las consecuencias.
El amor que requiere de admiración es, posiblemente, mero narcisismo. Y, en cierto modo, no hay nada más contrario al amor que el narcotizante narcisismo.

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