Cerca de mi casa hay unos cuantos árboles de los llamados cinamomos. Me es grato mirar el milagro del cielo del Guadarrama al amanecer a través de sus ramas cargadas de drupas globulosas. Me suelo detener por ahí unos instantes durante el primer paseo del día con Mao.
A estos árboles también les llaman árboles santos, tal vez porque sus drupas se pueden ensartar fácilmente para formar rosarios. Hay cierta paradoja en esa denominación popular, pues estos frutos amarillos en forma de cuentas son sumamente tóxicos. Bastaría que Mao comiese diez o quince de estas drupas para que sufriese un envenenamiento letal. Afortunadamente, Mao ya intuye, por alguna razón, esta extrema toxicidad y no le he visto nunca intentando comer estas bolitas amarillas.
El nombre de cinamomo parece extraño pero evoca simplemente la idea de corteza, y se relaciona con la palabra latina cinnamomum, vinculada a su vez, a través del griego, con la palabra hebrea relacionada con la idea de caña o corteza de árbol y que servía para referirse a una de las once especies con las que se preparaba el ketoret o “incienso sagrado de los judíos”, esto es, la canela, que es la corteza por excelencia. Tal vez la razón de la denominación es el uso medicinal que en los tiempos de Al Andalus se daba a la corteza de estos árboles. Esta puede ser la explicación de que a los cinamomos les llamen en muchos de nuestros pueblos “canelos“. Es curioso.
Para referirse a estos cinamomos, los persas, no se por qué, usaban la expresión “árbol libre” o “árbol noble“, es decir, “azad darekh“. Y esa es la razón por la que Linneo los llamó “melia azedarach” (melia se relaciona con el hecho de que los antiguos romanos los asociaban a los fresnos floridos, o árboles del maná, cuya savia dulce , melosa, evocaba el maná bíblico.)
Esa misteriosa denominación persa de “árbol libre” para el cinamomo, me invita a una reflexión. Porque el adjetivo persa “azad” no significa propiamente libre sino bien nacido, es decir, nacido en una buena familia o clan (“azad“, “zan” y el protoindoeuropeo “gen“, muestran una probada relación filológica). Lo que ocurre es que ese nacimiento en un entorno social dominante o privilegiado es justamente lo que garantizaba la libertad. No se concebía la libertad sino en los bien nacidos. Por eso, “azad” en persa se traduce unas veces como “libre” y otras como “noble”. Venía a ser lo mismo.
En realidad–voy pensando junto a Mao tras hacer la pertinente fotografía con el móvil–no hemos cambiado mucho desde los tiempos de los antiguos persas.
Sin igualdad, sin justicia, me parece que no tiene sentido hablar de libertad. Y es una falsa libertad la libertad de quien, después de todo, está esclavizado por la miseria. Más aún, la libertad sin justicia acaba siendo tóxica, acaso como lo son estas drupas amarillas. Esa, creo, podría ser la lección del cinamomo. En eso pienso mientras veo el sol que enciende ya la ladera de Cuelgamuros. A lo lejos.

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