A la corte del Rajá llegó la noticia: se acercaba la Peste Negra. El soberano convocó a los sabios. Tras deliberaciones, los consejeros consideraron que lo mejor era invocar a Shuma, protectora de la salud, cuyo templo se encontraba en lo alto de la montaña. Hasta lo más alto ascendió la comitiva de sabios y funcionarios con dones para la diosa, a fin de propiciar su ayuda.

Shuma escuchó a los notables del reino.

–Me enfrentaré a la peste. Volved a vuestra casas.

Como estaba anunciado, al cabo de dos lunas la peste se acercó a las murallas de la ciudad, con su olor a muerte. ¿Cumpliría su palabra la diosa?

Sí. Shuma se hizo ver en toda su grandeza junto a la puerta de la gran muralla. Y allí se dispuso a enfrentarse a la Peste. La Peste, aceptando el desafío de la diosa, y para hacer posible el combate, adoptó la forma terrible de Rashnu, uno de los Siete Diablos. Y se presentó ante Shuma, armado de una larga espada negra, un gran arco de diamante y mil dardos ponzoñosos.

Allí lucharon Shuma y Rashnu, es decir, la Salud y la Peste, durante siete días, con sus correspondientes noches. Fue una lucha colosal. Shuma separó enormes piedras de las murallas para lanzarlas contra Rashnu. Este, cuando agotó sus dardos letales, destruyó diez mil árboles para afilarlos y convertirlos en nuevas flechas que lanzó contra la diosa.

Exhaustos, los dos colosos comprendieron que no tenía sentido proseguir la disputa. No quedaban más árboles para hacer flechas. No quedaban sillares de la muralla que lanzar contra Rashnu. Los bosques que rodeaban la ciudad y las murallas que la protegían habían desaparecido. Incluso a los dos seres sobrenaturales les flaqueaban las fuerzas. Llegaron pues a un pacto.

Shuma accedió a dejar pasar a la Peste a la ciudad con tal de que sólo se llevase el alma de un hombre. Un sólo hombre. La Peste aceptó el acuerdo. Y Shuma se retiró a su montaña.

Algunos días después, un enviado del Rajá llegó cabalgando hasta el templo de Shuma. Desmontó y entró hasta la estancia donde la diosa moraba. El mensajero se dirigió a la enorme estatua de oro que representaba a Shuma y expuso lo ocurrido. La Peste negra había entrado en la ciudad sin murallas y había exterminado ya a 10.000 hombres.

Furiosa al saberlo, Shuma adoptó la forma de un águila gigante de garras de acero. Y voló hasta la ciudad. Allí encontró de nuevo a la Peste, que parecía ya dispuesta a marcharse, tras haber realizado su misión de muerte.

Con cólera divina, Shuma se fue hacia la Peste antes de que ella pudiera darse cuenta, la derribó y colocó una enorme garra en su garganta.

–¡Has roto tu pacto! Acabaré para siempre contigo, oh destructora de hombres–gritó la diosa.¡

¡No!–se excusó la Peste, sin que el frío acero de las garras del águila en su garganta afectase la firmeza de su voz–yo sólo llevé la muerte a una sola casa, como acordamos. Solo acabe con la vida de un hombre. Un sólo hombre.

–¿Entonces?–dijo Shuma–cuya incredulidad se disipaba al contemplar la firmeza de la respuesta de la Peste, pese a lo comprometido de su situación–entonces, dime ¿quién ha matado a los restantes 9999 de entre mis fieles?

No fui yo, puedes creerme–replicó la Peste–estoy demasiado cansado para hacerlo. Esos 9999 hombres y mujeres murieron de miedo. Sí, murieron de miedo cuando supieron que yo había entrado en la ciudad para apropiarme de la única vida que me pertenecía, según nuestro pacto.

Shuma comprendió. Aflojó su garra y alzó el vuelo llorando, en dirección a su templo. Su lágrima de diosa cayó sobre la ciudad y formó un barro divino que sirvió a los habitantes para levantar un nuevo muro.

Sin embargo, en el silencio de las montañas, Shuma se dio cuenta que las murallas más difíciles de construir son las que nos protegen contra el miedo, esa Peste a la que ni siquiera los dioses pueden exterminar del corazón de los humanos. En realidad, siempre lo había sabido.

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