Ayer fue San Valentín y, dado el estado de irracional pánico producido por la posible pandemia, entiendo que habrá sido un San Valentín con menos besos que el de otros años. Habrá acaso habido cierta escasez de besos de amor, esos besos profundos a los que San Isidoro llamaba muy propiamente basia, para distinguirlos de los tiernos besos familiares, a los que llamaba osculi, y de los que se dan, según nos decía, a las prostitutas, es decir, los savii: “filiis osculum dari dicimus, uxoribus basium, scorto savium“.
Ante este desastre osculatorio, yo me he consolado leyéndole a mi amiga Ana el delicioso poema sobre el beso que Catulo le dedicó a Lesbia hace un par de milenios, más o menos. Lo copio aquí, con una traducción que me he permitido hacer yo mismo:

Vivamos, mi Lesbia, y amemos.
y demos al escándalo y a las habladurías
de la gente, no más valor que el valor que se da a un pedo.
los soles podrán salir y ponerse hasta el infinito, pero
para nosotros, una vez hayamos apurado el néctar
de nuestra vida, la existencia solo habrá sido esta
noche interminable que hemos atravesado besándonos.
Dame, sí, mil besos, luego una centena,
después otra centena más y luego otros mil,
y otros cien, y cuando nos hayamos dado todos esos miles,
trastoca las cifras, pierde la cuenta del total,
no sea que algún malvado enemigo nuestro nos hechice
al conocer la suma exacta de nuestros besos.

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