Se rebelan airados los campesinos de Extremadura. Y hay algo de señal de alarma epocal en este nuevo movimiento (los que buscan fatídicos paralelismos históricos evocarán a aquellos 80.000 campesinos extremeños que salieron a ocupar fincas de terratenientes en los tiempos del Frente Popular, menos de 90 días antes del llamado “Alzamiento”).
Las grandes revueltas campesinas son las primeras manifestaciones de la historia de la rebelión social contra el orden establecido. En Europa, comenzaron con la Grande Jacquerie de los campesinos franceses, en 1358, contra los nuevos impuestos de los señores feudales, ávidos de recabar más y más fondos para rescatar al rey preso en Londres y financiar la defensa de la corona gala frente a los invasores ingleses. Aquella gran revuelta campesina fue la primera de las “jackeries” europeas. Le siguieron muchas más, sobre todo en Francia, el gran país agrícola del continente. Y todas ellas, en general, fueron, si no causas, al menos sí avisos de grandes cambios sociales. En el Grande Peur revolucionario de Julio de 1789, que extendió la furia campesina por toda la campiña francesa, resonaba una docena larga de grandes revueltas campesinas que se fueron desencadenando desde la Gran Jacquerie, a razón de una o dos por siglo: la de los Tuchins, la de los Pitauds, la de los Gautiers, la de los Crocquants, la de los Nu-PIeds, la del Roure, la del Papel Sellado y así hasta la Guerra de las Harinas, apenas 17 años antes del Terror.
Y en España la trayectoria de la furia campesina fue similar. Comienza con la revuelta de los mudéjares murcianos contra Alfonso X, y es seguida de innumerables levantamientos campesinos musulmanes, desde Sevilla a Granada. Luego llega la rebelión de los remensas catalanes, la de los irmandiños gallegos, la de las germanías valencianas, o el Motín del Hambre en tierras cordobesas, ya cuando el sol del Imperio empezaba a declinar.
Sobre los hombros de los campesinos siempre se ha descargado prioritariamente el peso de la injusticia social. Y siempre han sido ellos las víctimas propiciatorias de la rapiña del trabajo ajeno por parte de los poderosos. Porque el campesino es el trabajador sufrido por excelencia. No es casualidad que el lenguaje nos sugiera una identidad entre el acto de arar el campo y el de trabajar. Labrar y laborar vienen a ser la misma cosa en español, al igual que en francés. Y en esas palabras palpita la raíz latina “labo” que sugiere el agobio, la inclinación, el doblamiento de quien sostiene un gran peso.
Mas vale que se preste atención a esta nueva marea de campesinos empobrecidos. Y que se acallen esas voces disparatadas y crueles que dicen que no hay nada que hacer, que son las sacrosantas leyes económicas las que están detrás de su empobrecimiento. Estos fanáticos del libre mercado (la segunda superstición más nefasta que ha conocido el hombre) hacen recordar el sarcástico ensayo de Swift en 1729, en el que después de analizar el drama sangrante del campesinado irlandés de su tiempo, propuso como solución que los labradores vendieran a sus hijos a los terratenientes, para que ellos se los comieran…
El titulo de aquella ácida sátira de Swift,”A Modest Proposal”, se ha convertido en el mundo anglosajón en una referencia habitual para definir las propuestas crueles de los sacerdotes del falso dios mercado. Hoy también se escuchan modestas propuestas como aquella. Yo tengo la mía: invitar a todos esos majaderos del laissez faire a pasarse una temporada recogiendo patatas o vareando aceitunas.

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