Al hilo de mi post de anteayer sobre esos pobres diablos que eran los satanes veterotestamentarios, un lector y, pese a ello amigo, me dice que no está en absoluto de acuerdo, pues le consta que en el Antiguo Testamento, concretamente en el libro de Isaías, se habla de Lucifer, como una especie de ángel caído del cielo.
Pues lo siento pero me reitero en lo dicho. Porque Isaías, en efecto, nos habla de un tal Lucifer. Pero esa referencia no tiene nada que ver con la idea del Príncipe de las Tinieblas, aunque bien puede considerarse el punto de partida de una noción que formaliza San Jerónimo en el siglo IV y desarrolla y divulga la teología cristiana, la literatura europea y el pensamiento esotérico, desde Dante a William Blake, pasando por los enredos mentales de los gnósticos y todas sus batallas cósmicas.
A lo que se está refiriendo el profeta Isaías es a las vicisitudes de un tirano enemigo del pueblo de Israel, cuya subida al máximo poder no debe verse sino como precedente de una estruendosa caída.
Isaías habla despreciativamente de ese personaje, o puede referirse también, personalizando, y en su conjunto, al efímero imperio babilónico que alcanza su zenith con Nabucodonosor II, el responsable del cautiverio del pueblo judío. A ese tirano o a ese ente lo llama “helel”, “el resplandeciente“. Evoca su enorme soberbia, su arrogancia, su pasajero poder…Y lo compara muy poéticamente con Venus, esto es, el lucero del alba (lucifer y lucero del alba viene a ser lo mismo: el que lleva la luz, el que resplandece).
Venus es la primicia estelar de cada celestial atardecer. Aparece significativamente siempre cerca del astro rey, que se diría le está dejando respetuoso paso mientras hace mutis hacia Occidente. Y una vez entronizado en el cielo nocturno, Venus brilla más que cualquier otro planeta o estrella (debido a su proximidad a la Tierra y al gran cinturón de espesas nubes refractantes de la luz que lo rodean, algo que nos daría para una reflexión sobre el amor, su brillo y sus confusiones…).
Pero no es menos cierto que, pocas horas después, el majestuoso Venus, ya convertido en estrella de la mañana, desaparece fatalmente, cuando la luz del amanecer termina por hacerlo invisible y el Sol recupera el trono que abandonó durante la noche. Algo similar a lo que le ocurre al arrogante enemigo caldeo de los israelitas.
Hay otros pasajes del Antiguo Testamento que podrían inspirar–echándole mucha imaginación al asunto–la figura de un maligno semidios, como es el caso de Ezequiel 28:12. Pero una vez más, el texto se dirige, esta vez de forma expresa, a un malvado y arrogante rey de Tiro, que acaba de morir tras haber llevado a cabo no pocas fechorías contra el pueblo de Israel. Es un canto fúnebre en el que se pone en boca de “el Señor” una descripción de las maldades de ese odiado tirano, con mucho énfasis en su abuso del comercio y la acumulación de riquezas (ojo al dato), y en su profanación de los templos. Todo ello son conductas debidamente castigadas por el poder divino, que corta las alas del monacra, lo sume en lo profundo de un pozo, y lo convierte en cenizas. También se ha querido ver una referencia a la idea de Ángel Caído en la Cuarta Profecía de Balaam (Libro de los Números). Pero esto es solo porque el propio profeta de la burra parlante se autocalifica como alguien que ha ha visto al Todopoderoso y después ha caído, pero que sus ojos aún abiertos le han permitido vislumbrar la aparición de una estrella de la estirpe de Jacob. Hay que forzar mucho las cosas para ver ahí a una némesis del Omnipotente.
En fin, que me reitero en lo dicho. Nada de príncipes de las tinieblas en el Antiguo Testamento (pese a lo que sin el menor fundamento indica Wikipedia en el artículo sobre el Lucero del Alba). Lucifer es simplemente una teorización interesada de los primitivos teólogos cristianos. Incluso en el evangelio se le llama admirativamente a Jesus lucero del alba, es decir, lucifer. La teorización del Lucifer como ente singular y metafísicamente perverso está en relación con una triste obsesión de los primeros Padres de la Iglesia, a saber, la que aspira a imbuirnos sistemáticamente de culpa y de miedo, para lo cual es imprescindible asentar bien en nuestras conciencias la figura de un ser maligno y poderoso. Una culpa y un miedo que ese gran aliado del poder civil que fue la Iglesia desde el Edicto de Milán, considera factor indispensable para garantizar la paz y el orden social. Le debemos mucho bueno al cristianismo. Pero en el debe pesa no poco esa obsesión por la culpa y por el miedo. Y pesa el constructo de ese nefasto artefacto, de esa patraña, de ese vehículo de dominación y opresión que es la creencia en Lucifer.
No creo que haya otro Lucifer que el díscolo e imprevisible planeta del amor, tan cambiante como la Luna, que desde el cielo nos da la bienvenida a los misterios de cada noche y nos anuncia cada mañana la dicha luminosa de un nuevo día. Un día sin culpa y sin miedo.

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