Estos días se está debatiendo mucho en los medios (entiendo que menos en la calle) sobre los fiscales y su encuadre jurídico. ¿Es el fiscal una figura que pertenece a la esfera del poder judicial o debe inscribirse e el ámbito del poder ejecutivo?
En realidad, no se puede responder con precisión. Ni siquiera consultando la caracterización del fiscal en la Constitución. Es la fiscalía una institución que participa de ambas naturalezas, como resultado de su larga evolución histórica.
La institución del “fiscal” se concreta jurídicamente en el siglo XIX, pero es final de un proceso de convergencia de dos figuras diferentes que datan de tiempos medievales: los inquisidores de la Iglesia Católica por un lado, y por otro los representantes de los intereses del rey y guardianes de su patrimonio (y por extensión, vigilantes del cumplimiento de las leyes).
En virtud de lo primero, hay que adscribir al fiscal al ámbito estrictamente judicial. Son inquisidores (del latín inquaerere, profundizar en la búsqueda o el escrutinio) y pertenecen a la curia. De hecho, en algunos países (por ejemplo, en Italia), los fiscales son magistrados, al igual que los jueces ordinarios.
En virtud de lo segundo, hay que adscribirlos al ámbito del poder ejecutivo. Son agentes de la autoridad gubernativa y ejercen como tales. En Francia, por ejemplo, el Fiscal General nato es el mismísimo Ministro de Justicia del Gobierno de la República, evocando con ello los tiempos en los que los fiscales eran los personajes que velaban para proteger los intereses económicos reales. De hecho, la palabra fisco se relaciona directamente con la idea del patrimonio real, pues fisco no es otra cosa que la cesta de juncos que metafóricamente simbolizaba la recaudación de fondos para el rey.
Lo esencial del fiscal moderno, sea cual sea su naturaleza, es su carácter de acusador especializado. Un acusador que se diferencia del juzgador, con lo que ello representa de mejor garantía de buena justicia. Si el que acusa primero es el mismo que juzga después, es plausible que se distorsione la correcta y objetiva aplicación de la ley. El solapamiento de las dos funciones haría explicable una tendencia del magistrado a forzar sentencias que confirmen sus acusaciones…
Como he indicado arriba, se suele decir que la figura del fiscal tal como la conocemos, se remonta a los modernos sistemas penales europeos, que datan del siglo XIX. Pero en realidad, el fiscal/acusador es una institución muchísimo mas antigua.
En cierto modo, el fiscal comparte con la prostituta el derecho a ser considerado el oficio más antiguo del mundo. Porque la primera referencia histórica (o mítica, si se quiere) que tenemos del “acusador” profesional nos remonta a la Biblia. Ahí nos encontramos con la profesión de “demonio“, que en el Antiguo Testamento no es sino un mero ayudante de Yahveh encargado de denunciar ante él las transgresiones de los hombres. El relato bíblico no nos habla de una especie de ángel caído y principe del Mal. Ni mucho menos. Simplemente nos habla de demonios en el sentido de adversarios, enemigos o acusadores, pero siempre bajo la esfera organizativa de Yahvé y a su estricto servicio. Así es, lo satanes del Pentateuco son poco mas que pobres diablos encargados de vagabundear por el mundo y dar servicio como espías al Todopoderoso (en la Septuaginta, se traduce el “satán” hebreo como “diabolos” que en griego significa simplemente “el que acusa“.
Se crea o no, en el Antiguo Testamento no hay una sola referencia al concepto de “ángel caído” (eso es un mito fruto de una elaboración del siglo III totalmente ajena a la Biblia). Tampoco es cierto que en el Génesis, el Demonio tentase a Eva. No hay tal Demonio en esas páginas, como puede fácilmente comprobarse. Solo una serpiente parlanchina que invita a Eva a morder el fruto de la vida (“fruto”, que no manzana).
En el Nuevo Testamento, y gracias a ese gran inventor del cristianismo que fue Pablo de Tarso (13 de los 28 libros del Evangelio son de su autoría), es donde se introduce la idea del Demonio como Príncipe del Mal. Es decir, el Demonio o los Demonios tal como lo conocemos son básicamente un artefacto cristiano. Y durante los primeros siglos del cristianismo, además, se tendía a identificar también a los dioses paganos como demonios. Por eso el bautismo cristiano implica el compromiso previo del bautizado (o su padrino) a renunciar a sus creencias previas (el demonio) y a los ritos asociados a esas creencias (las pompas, es decir, los típicos desfiles de los ritos paganos, pues pompa no significa etimológicamente otra cosa sino procesión).
En suma, que el asunto de este segundo oficio más antiguo del mundo, y su verdadera naturaleza, es intrincado y escurridizo, y nos lleva a la temática de los acusadores bíblicos. Una temática fascinante y diabólicamente complicada. No es extraño que haya tanto debate al respecto en los medios.

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