Una de las grandes desgracias de la historia del pensamiento es el hecho de que en muchas de las lenguas indoeuropeas exista el verbo ser, y que esté en perpetua confusión con el verbo estar.
Ambas formas verbales son, si lo miras bien innecesarias. Para indicar que la nieve es blanca, podríamos simplemente unir los dos términos, dejando implícito el elemento copulativo. Y la cosa quedaría meridianamente clara. Nieve blanca: sin pronombres añadidos tiene el mismo valor que «esta nieve es blanca». Y no nos conduce a la metafísica.
Los verbos ser y estar han invitado a los filosofos a engolfarse en vericuetos infinitos sobre que es o que no es «el ser», a partir de la nefasta hipóstasis del verbo griego «einai», ser. Pensemos en el filonazi y enormemente sobrevalorado Heidegger, ese hifenador compulsivo, con sus interminables enredos ontológicos y su característica terminología farfollesca a base de guiones: «ser-en-el-mundo», «ser-hacia-la muerte», «ser-ahí» (In-der-Welt-sein…Sein-zum-Tode….Da-Sein). «La nada nadea», llegó a decir en un seminario, sin darse cuenta que esa chistosa expresión definía perfectamente su forma de tomar el pelo al personal. Cuesta trabajo entender cómo su prestigio pudo sobrevivir a análisis demoledores como el lógico-formal de Carnap en 1931, o al divertidísimo sarcasmo de Mugnai en 1997.
La llamada ontología no es sin sofistería triunfante. Juegos verbales tomados en serio. Parménides escribe un poema sobre el Ser, y una pléyade de charlatanes se olvidan de que era un poema. Pero toda esta palabrería ontológica no tiene demasiado sentido para los hablantes de lenguas semíticas como el árabe o el hebreo en las que en muchos casos es totalmente innecesario utilizar el copulativo. Esta ventaja simplificadora también se da en otros idiomas, como el húngaro, el ruso o el japonés.Y mira por donde en esos idiomas, que yo sepa, no abundan los pensadores «ontológicos». Tampoco hay tantos en la cultura inglesa, quizá porque, en inglés la expresión de marras «el ser», es intraducible (lo es solo en el sentido de «ente», «the being», pero no en el sentido favorito de los ontólogos; los ingleses no pueden decir «the to be». Felices ellos.
En ontología, la última palabra, a mi juicio, la tiene el sabio murciano que dejó dicho aquella expresión agudísima que supera con mucho el «cogito ergo sum» cartesiano: Lo que é, é.
No se puede ir mas lejos. Lo que é, é, y lo demás son chuminás. Platón lo hubiera suscrito.

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